Día de Europa
Hoy se celebra el Día de Europa y no será ésta la única cita europea de 2009. El 7 de junio estamos llamados a elegir a los 736 miembros que durante cinco años compondrán el Parlamento Europeo. Ambas fechas obligan a 375 millones de ciudadanos a un ejercicio
de reflexión sobre qué supone formar parte de esta Europa no siempre tan unida.
Las recientes encuestas del Eurobarómetro han mostrado que los españoles formamos parte del grupo más entusiasta de europeos. O quizá mejor decir del menos decepcionado.
Desde que en 1986 España ingresó en la Unión hemos ido cuatro veces a votar a nuestros representantes en Europa. Éste será la quinta y será también diferente, porque el papel del Parlamento Europeo ha cambiado y porque muchos le van a dar a las urnas el carácter de termómetro del contento o el descontento con nuestros gobernantes.
Los entusiastas de Europa, que deberían ser más de los que son, deberían comprender que el Parlamento ha ido asumiendo mayor capacidad decisoria que la prevista por el Tratado de Roma y que ésta será mayor cuando entre en vigor el tratado de Lisboa, presumiblemente en 2010.
Por esa razón, sería importante que el Parlamento Europeo estuviese respaldado por el electorado con una fuerte participación. Pero a lo que parece no será así. Es otro efecto más de la espantosa crisis. Y también del descrédito en que se están sumiendo con sus acciones muchos de nuestros políticos.
No obstante, deberíamos entender que Europa nos ha aportado muchas cosas. Sobre todo ayudas para crecer a un ritmo más dinámico que lo hubiéramos hecho estando fuera de la UE. Más allá de las grandes instituciones comunitarias, el Comité de Regiones, que cumple 15 años ha sido fundamental para lograr muchas de las cosas que se han logrado.
Los fondos estructurales nos han permitido dotarnos de muchas de las cosas de las que carecíamos, pero es también cierto que no siempre esos fondos llegaron a dónde debía, se emplearon como se esperaba y dieron los resultados deseados.
En todo caso, el euro ha sido un revulsivo para nuestra economía: Europa es además de un gran escaparate un gran mercado y la balanza comercial española depende del mismo para colocar sus productos. Lo malo es que hay lugares, como Escalona, que no tienen productos propios o autóctonos que colocar en Europa por la desidia, entre otros, de sus regidores.
Al margen del aspecto económico, que sigue primando en una “Europa de mercaderes”, más que “de ciudadanos”, como europeos gozamos de una serie de derechos y podemos movernos libremente dentro de las fronteras comunitarias; fuera de ellas, estamos protegidos por los consulados europeos en cualquier parte del mundo.
Nunca ha sido tan fácil moverse dentro y fuera de Europa y nunca ha habido tantas posibilidades para hacerlo. Los jóvenes europeos lo saben mejor que nadie, nunca ha habido tantas oportunidades para formarse, estudiar o hacer prácticas en otros países de la Unión.
Pero también es cierto que al amparo del libre paso europeo hemos asistido a unos movimientos migratorios sin p
recedentes desde los antiguos países del bloque comunista.
En todo caso, cada cual puede encontrar un motivo para celebrar el 9 de mayo y para seguir trabajando por una Europa que es, no sólo para los europeos, sino para millones de personas en todo el mundo, el marco deseado de desarrollo, solidaridad, democracia y libertad.
En los últimos años ha aumentado la conciencia y la comprensión de la opinión pública sobre la importancia que tienen los derechos económicos y sociales y la necesidad de participar en iniciativas que tengan capacidad de generar cambios para conseguir que las poblaciones excluidas ejerzan sus derechos económicos, sociales, culturales y políticos.
La ciudadanía global significa tener plena conciencia de la dignidad inherente a todos los seres humanos y de la pertenencia a una comunidad local y global, así como el compromiso activo con la consecución de un mundo más equitativo y sostenible. También más justo, aunque muchos se olviden con facilidad.
de reflexión sobre qué supone formar parte de esta Europa no siempre tan unida.Las recientes encuestas del Eurobarómetro han mostrado que los españoles formamos parte del grupo más entusiasta de europeos. O quizá mejor decir del menos decepcionado.
Desde que en 1986 España ingresó en la Unión hemos ido cuatro veces a votar a nuestros representantes en Europa. Éste será la quinta y será también diferente, porque el papel del Parlamento Europeo ha cambiado y porque muchos le van a dar a las urnas el carácter de termómetro del contento o el descontento con nuestros gobernantes.
Los entusiastas de Europa, que deberían ser más de los que son, deberían comprender que el Parlamento ha ido asumiendo mayor capacidad decisoria que la prevista por el Tratado de Roma y que ésta será mayor cuando entre en vigor el tratado de Lisboa, presumiblemente en 2010.
Por esa razón, sería importante que el Parlamento Europeo estuviese respaldado por el electorado con una fuerte participación. Pero a lo que parece no será así. Es otro efecto más de la espantosa crisis. Y también del descrédito en que se están sumiendo con sus acciones muchos de nuestros políticos.
No obstante, deberíamos entender que Europa nos ha aportado muchas cosas. Sobre todo ayudas para crecer a un ritmo más dinámico que lo hubiéramos hecho estando fuera de la UE. Más allá de las grandes instituciones comunitarias, el Comité de Regiones, que cumple 15 años ha sido fundamental para lograr muchas de las cosas que se han logrado.
Los fondos estructurales nos han permitido dotarnos de muchas de las cosas de las que carecíamos, pero es también cierto que no siempre esos fondos llegaron a dónde debía, se emplearon como se esperaba y dieron los resultados deseados.
En todo caso, el euro ha sido un revulsivo para nuestra economía: Europa es además de un gran escaparate un gran mercado y la balanza comercial española depende del mismo para colocar sus productos. Lo malo es que hay lugares, como Escalona, que no tienen productos propios o autóctonos que colocar en Europa por la desidia, entre otros, de sus regidores.
Al margen del aspecto económico, que sigue primando en una “Europa de mercaderes”, más que “de ciudadanos”, como europeos gozamos de una serie de derechos y podemos movernos libremente dentro de las fronteras comunitarias; fuera de ellas, estamos protegidos por los consulados europeos en cualquier parte del mundo.
Nunca ha sido tan fácil moverse dentro y fuera de Europa y nunca ha habido tantas posibilidades para hacerlo. Los jóvenes europeos lo saben mejor que nadie, nunca ha habido tantas oportunidades para formarse, estudiar o hacer prácticas en otros países de la Unión.
Pero también es cierto que al amparo del libre paso europeo hemos asistido a unos movimientos migratorios sin p
recedentes desde los antiguos países del bloque comunista.En todo caso, cada cual puede encontrar un motivo para celebrar el 9 de mayo y para seguir trabajando por una Europa que es, no sólo para los europeos, sino para millones de personas en todo el mundo, el marco deseado de desarrollo, solidaridad, democracia y libertad.
En los últimos años ha aumentado la conciencia y la comprensión de la opinión pública sobre la importancia que tienen los derechos económicos y sociales y la necesidad de participar en iniciativas que tengan capacidad de generar cambios para conseguir que las poblaciones excluidas ejerzan sus derechos económicos, sociales, culturales y políticos.
La ciudadanía global significa tener plena conciencia de la dignidad inherente a todos los seres humanos y de la pertenencia a una comunidad local y global, así como el compromiso activo con la consecución de un mundo más equitativo y sostenible. También más justo, aunque muchos se olviden con facilidad.
Porque el único modo de escapar a los problemas de la crisis es que todos comprendamos –y los políticos más que nadie- que el objetivo de justicia económica equivale a que más mujeres y hombres, en el campo y en la ciudad, ejerzan el derecho a disponer de unos medios de vida seguros y sostenibles, fruto también de un reparto más justo de la riqueza.