miércoles, 20 de mayo de 2009

Editorial

El agua de Escalona

Hace algún tiempo nos contaron que con las depuradoras construidas, los depósitos y en suma las medidas tomadas por el Ayuntamiento (no importa quién fuera o sea hoy su titular o titulares) el suministro de agua a Escalona estaba asegurado. Y también la calidad.
No debía ser así, puesto que ahora Escalona, que siempre gozó del privilegio de que el Alberche bañe sus tierras y de unas aguas que eran la envidia en muchos kilómetros a la redonda, precisa de unas tuberías para traer el preciado elemento desde el Embalse de Picadas.
Ya sabemos lo que nos van a decir: Picadas es el mismo río, pero más arriba. Lo que sucede es que si el expolio al que está sometido este hermoso río desde hace tiempo no fuese tal, probablemente Escalona no tendría que depender de Picadas, como sucede con pueblos más alejados de sus márgenes (Pelahustán, Nombela, Paredes o el propio Almorox).
Eso sí, de nuestro hermoso río, en otro tiempo orgullo de Escalona, cada vez queda menos. Hay día que el caudal se limita a un hilillo o una "chorrera", como hemos dicho en el pueblo desde siempre.
Y es así porque se ha permitido y se sigue permitiendo el abuso más que el uso de su caudal, entre el asentimiento interesado de unos y el silencio cómplice de otros. Últimamente, sobre todo para que se rieguen los áridos parajes en los que se ha construido ese monumento a la nula conciencia medioambiental que es el campo de golf. ¡Éramos pocos y parió la abuela!
Por más que nos digan que el golf no bebe del Alberche no les vamos a creer. La historia esa de los pozos o el agua reciclada es como las fábulas de Esopo, sólo que con menos gracia. Y no duden de que antes o después vamos a encontrar las claves ocultas –que las hay- de por qué se ha permitido edificar esa urbanización para horteras y señoritingos de tres al cuarto a las afueras de Escalona. Y denunciaremos quién anda tras ese asunto. ¡Es cuestión de tiempo!
Es casi tan insultantemente ridícula esa construcción como la del golf de Noves y otros que en una tierra de secano, por mor de las modas sin sentido, están esquilmando los acuíferos y los cursos de agua en nombre de un supuesto progreso. Dentro de cuatro días, la moda será el esquí o algo parecido, y verán como bien alguien a contarnos milongas de que el agua se precisa para que Escalona crezca haciendo nieve por arte de birlibirloque.
Ya nos pueden contar lo que nos cuenten. La gente no es tan tonta como se piensan. Y la curiosidad es la que hace que muchos, a la chita callando, anden buscando por dónde pueden a ver si dan con las trápalas, que como las brujas en Galicia, haberlas seguro que haílas.
Por más cuentos chinos que se inventen, el progreso de Escalona, si es que alguna vez permiten que llegue, no vendrá de las manos de campos de golf y otras zarandajas. Hay un filón de oro legado por los hombres que hicieron grande a Escalona hace siglos, que parece que ningún político sabe descubrir. Y luego hay otros que hay que crearlos.
Y esos filones, en la España de la recesión que vivimos, tienen que ser orientados hacia la instalación –donde no afeen más el paisaje o el aspecto del pueblo- de industrias preferentemente tecnológicas. ¿Y cómo se hace eso? Pues moviendo las posaderas y derrochando ingenio, del que parecen andar poco sobrados últimamente en el edificio de las antiguas Escuelas.
¿Han visto la impresionante industria creada en Fuensalida de la que salen la mayor parte de las vendas, compresas y material sanitario que se consume en España? ¡Algo como eso es lo que se precisa aquí! No está tan lejos el modelo.
Pero ese modelo no es el campo de golf, porque eso no va a servir más que para que algún “espabilao” haga su agosto ahora a costa de que el pueblo carezca de caudal como Dios manda en el río. “Espabilaos” de fuera, y también del pueblo.
Como el Castillo está sirviendo para que algún “espabilao” se haya hecho con él por cuatro duros, lo haya convertido en un chalecito y se lo quiera vender al pueblo por un precio mil quinientas veces mayor al que pagó amparándose en la incuria de un alcalde de triste memoria. Lo “chungo” es que haya políticos locales que andan dándole coba a la propietaria para que les convide a café.
Pero volvamos al agua. Hace poco tuvimos ocasión de visitar Navaluenga, curso arriba del Alberche, y sentimos envidia. Sana envidia. Los de ese pueblo, antaño poco más que una aldea serrana, han sabido crear un polo de desarrollo en torno al Alberche sin degradarlo.
Ahí también hay un campo de golf, pero es que lo han hecho en un paraje donde abunda el agua, y no en un secarral, como el de Escalona. Y así, sí se puede. Pero no a costa de propinar un nuevo saqueo al caudal de un río y una vega antaño envidiada en todos los alrededores, de donde salían toneladas de las mejores verduras y frutas que se comían en Madrid y donde había un agua para el consumo humano, que eran la admiración en leguas a la redonda.
Pero claro, aquel era otro río –no el de ahora, lleno de mierda y esquilmado- y era otra Escalona y eran otros tiempos. Pero no se sulfuren, ahora nos van a dar un paseo asfaltado a la vera del Alberche. Olerá a cloaca, pero podrán pasear por una especie de paseo marítimo de pacotilla. ¡Y encima pretenden que estemos tan contentos!