Llanto por la Fiesta
Por Curro “Cúchares”
Amable lector aficionado a la Fiesta Nacional: Permita que este modesto comentarista le invite a derramar una
s simbólicas lágrimas como expresión del hondo dolor por la enfermedad grave que aqueja al mundo de la Tauromaquia y convierte a todos los principales cosos del planeta taurino español en lugares para la contemplación de inválidas reses.
No faltan en nuestro país unas hermosas plazas, no falla la afición para llenarlas a la primera de cambio –por más que moleste el asunto a los moscones antitaurinos-, y tampoco faltan buenos matadores. En realidad hay casi un número excesivo, si así se puede decir, de candidatos a figura.
El problema, el gran cáncer que corroe la Fiesta sin que nadie parezca capaz de remediarlo son los toros, la otra gran mitad de ese espectáculo con visos de arte que tenemos enraizado en la médula.
La pasada Feria de Abril ha dado señales espeluznantes del alcance del mal. La Real Maestranza de Caballería, en otro tiempo mater et magistra del arte taurino, se ha convertido en escenario de la pena y la decadencia para el toreo.
No sólo porque ni uno sola de los 18 festejos programados permitió ver reses dignas de admiración. Sino porque las continuas caídas, invalideces y demostraciones de falta de salud y hasta de trapío han alcanzado a ganaderías que se consideraban a salvo de esos males.
Nadie en Sevilla recordaba el bochornoso espectáculo de que dos toros, de dos ganaderías distintas y en diferentes festejos, se acostasen y aguardasen sin que el torero entrase a matar la labor del puntillero. Amén de otros muchos caídos o arrodillados a la primera de cambio. El primer día, quisieron justificar lo injustificable diciendo que el pobre animal quizá había sufrido un infarto. Pero para el segundo ya no valían las explicaciones sin tino.
El problema ha vuelto a reproducirse estos días en Las Ventas desde el mismísimo comienzo del ciclo isidril. En los festejos que van lidiados, se ha visto alguna oreja otorgada más como premio al porfiar de sufridos espadas de segunda fila que a las clamorosas faenas a tor
os de postín. Sencillamente porque no han salido toros de postín.
Parece evidente que los ganaderos deberían reflexionar. Hay que averiguar qué diablos sucede con los toros o la Fiesta se vendrá abajo. De nada valen las mariconadas de los cuernos enfundados y de la crianza entre algodones de esos monstruos de gran tonelaje que saltan al ruedo si al final, esos animalitos se caen, doblan las patas al segundo capotazo y frustran las ilusiones de los auténticos aficionados.
En Sevilla, este año, se decía que los verdaderos amantes de la tauromaquia hace tiempo que abandonaron la Maestranza. Su lugar lo han ocupado legiones de horteras, frívolos y turistas, más interesados en ser vistos que en lo qué van a ver.
Madrid va por el mismo camino. Los tendidos poblados de encorbatados personajes, bien provistos de puros, que van más a hacer como que saben, que a admirar la verdadera belleza de un espectáculo taurino y unos animales fieros y valientes. Eso sí, si sale un
toro pequeño y que se mueve, lo echan por falta de trapío. Pero si lo que sale es un inválido con sobrepeso, se aguantan con el esperpento.
Madrid es hoy la catedral del tonelaje, no de la bravura. Y ese es el principio del fin de la Fiesta. No las manifestaciones grotescas de quienes piden que se renuncie a lo llevamos viendo desde tiempo inmemorial y sentimos como nuestro. Esas no pueden con los toros, porque sólo las empuja una minoría de integristas e ignorantes. Pero la falta de toros o de toreros, sí.
Tampoco les falta culpa a quienes se lucran por cualquier camino con la fiesta. Por ejemplo a los de la plataforma digital privada, que tratan de maquillar las cosas, no sea que se les vaya a acabar el chollo. Es verdad que retransmiten con detalle, con esmero y hasta que los defectos que ellos tratan de tapar se ven mucho mejor con sus cámaras lentas y otros prodigios. Pero se les ve demasiado el plumero.
De otra manera, serían los Manolos Molés de turno quienes deberían hablar de toros enfermos, tullidos, descastados, inválidos, amuermados o aborregados, cuando no se trata de cerdos con cansinos andares, gatitos y hasta ratitas con cuernos. Y también de figuras de p
ega que mandan al piquero dar caña al astado hasta dejarlo renqueante en cuanto le ven él menor problema.
Esa es la verdadera decadencia de la Fiesta, la que alejará de las plazas a las jóvenes generaciones cansadas de pagar los elevados precios del billetaje para asistir a un siniestro espectáculo viendo a bichos medio muertos y a matadores demasiado vivos.
Pero la llave, la verdadera llave la tienen los ganaderos. Y el público. Hacen falta toros broncos, como los de antaño, que se muevan aunque no pasen de la media tonelada, y que aguanten el tiempo que dura la lidia. Toros sin tanta manipulación genética y con sensibilidad en los cuernos, en vez de fundas protectoras. Toros de verdad, al fin y al cabo.
Y entonces se verá de verdad lo que dan de si las figuras del toreo y quién es quién en el escalafón. Y por supuesto las plazas serán templos de un arte, en vez de espacios para gilís con puro y clavel en la solapa.
Por Curro “Cúchares”
Amable lector aficionado a la Fiesta Nacional: Permita que este modesto comentarista le invite a derramar una
s simbólicas lágrimas como expresión del hondo dolor por la enfermedad grave que aqueja al mundo de la Tauromaquia y convierte a todos los principales cosos del planeta taurino español en lugares para la contemplación de inválidas reses.No faltan en nuestro país unas hermosas plazas, no falla la afición para llenarlas a la primera de cambio –por más que moleste el asunto a los moscones antitaurinos-, y tampoco faltan buenos matadores. En realidad hay casi un número excesivo, si así se puede decir, de candidatos a figura.
El problema, el gran cáncer que corroe la Fiesta sin que nadie parezca capaz de remediarlo son los toros, la otra gran mitad de ese espectáculo con visos de arte que tenemos enraizado en la médula.
La pasada Feria de Abril ha dado señales espeluznantes del alcance del mal. La Real Maestranza de Caballería, en otro tiempo mater et magistra del arte taurino, se ha convertido en escenario de la pena y la decadencia para el toreo.
No sólo porque ni uno sola de los 18 festejos programados permitió ver reses dignas de admiración. Sino porque las continuas caídas, invalideces y demostraciones de falta de salud y hasta de trapío han alcanzado a ganaderías que se consideraban a salvo de esos males.
Nadie en Sevilla recordaba el bochornoso espectáculo de que dos toros, de dos ganaderías distintas y en diferentes festejos, se acostasen y aguardasen sin que el torero entrase a matar la labor del puntillero. Amén de otros muchos caídos o arrodillados a la primera de cambio. El primer día, quisieron justificar lo injustificable diciendo que el pobre animal quizá había sufrido un infarto. Pero para el segundo ya no valían las explicaciones sin tino.
El problema ha vuelto a reproducirse estos días en Las Ventas desde el mismísimo comienzo del ciclo isidril. En los festejos que van lidiados, se ha visto alguna oreja otorgada más como premio al porfiar de sufridos espadas de segunda fila que a las clamorosas faenas a tor
os de postín. Sencillamente porque no han salido toros de postín.Parece evidente que los ganaderos deberían reflexionar. Hay que averiguar qué diablos sucede con los toros o la Fiesta se vendrá abajo. De nada valen las mariconadas de los cuernos enfundados y de la crianza entre algodones de esos monstruos de gran tonelaje que saltan al ruedo si al final, esos animalitos se caen, doblan las patas al segundo capotazo y frustran las ilusiones de los auténticos aficionados.
En Sevilla, este año, se decía que los verdaderos amantes de la tauromaquia hace tiempo que abandonaron la Maestranza. Su lugar lo han ocupado legiones de horteras, frívolos y turistas, más interesados en ser vistos que en lo qué van a ver.
Madrid va por el mismo camino. Los tendidos poblados de encorbatados personajes, bien provistos de puros, que van más a hacer como que saben, que a admirar la verdadera belleza de un espectáculo taurino y unos animales fieros y valientes. Eso sí, si sale un
toro pequeño y que se mueve, lo echan por falta de trapío. Pero si lo que sale es un inválido con sobrepeso, se aguantan con el esperpento.Madrid es hoy la catedral del tonelaje, no de la bravura. Y ese es el principio del fin de la Fiesta. No las manifestaciones grotescas de quienes piden que se renuncie a lo llevamos viendo desde tiempo inmemorial y sentimos como nuestro. Esas no pueden con los toros, porque sólo las empuja una minoría de integristas e ignorantes. Pero la falta de toros o de toreros, sí.
Tampoco les falta culpa a quienes se lucran por cualquier camino con la fiesta. Por ejemplo a los de la plataforma digital privada, que tratan de maquillar las cosas, no sea que se les vaya a acabar el chollo. Es verdad que retransmiten con detalle, con esmero y hasta que los defectos que ellos tratan de tapar se ven mucho mejor con sus cámaras lentas y otros prodigios. Pero se les ve demasiado el plumero.
De otra manera, serían los Manolos Molés de turno quienes deberían hablar de toros enfermos, tullidos, descastados, inválidos, amuermados o aborregados, cuando no se trata de cerdos con cansinos andares, gatitos y hasta ratitas con cuernos. Y también de figuras de p
ega que mandan al piquero dar caña al astado hasta dejarlo renqueante en cuanto le ven él menor problema.Esa es la verdadera decadencia de la Fiesta, la que alejará de las plazas a las jóvenes generaciones cansadas de pagar los elevados precios del billetaje para asistir a un siniestro espectáculo viendo a bichos medio muertos y a matadores demasiado vivos.
Pero la llave, la verdadera llave la tienen los ganaderos. Y el público. Hacen falta toros broncos, como los de antaño, que se muevan aunque no pasen de la media tonelada, y que aguanten el tiempo que dura la lidia. Toros sin tanta manipulación genética y con sensibilidad en los cuernos, en vez de fundas protectoras. Toros de verdad, al fin y al cabo.
Y entonces se verá de verdad lo que dan de si las figuras del toreo y quién es quién en el escalafón. Y por supuesto las plazas serán templos de un arte, en vez de espacios para gilís con puro y clavel en la solapa.