Cleptocracia
Por Fernando Savater
Si no me equivoco, fue Jean-François Revel quien acuñó o difundió el término "cleptocracia" (del griego kl
eptós, ladrón: es decir, "gobierno de los ladrones") hace ya casi un par de décadas. Lo utilizó para nombrar uno de los mayores peligros que amenazan a las democracias actuales: convertirse en algo así como un dócil coto de caza donde campen por sus respetos una serie de desaprensivos depredadores disfrazados de servidores públicos.
Si no me equivoco, fue Jean-François Revel quien acuñó o difundió el término "cleptocracia" (del griego kl
eptós, ladrón: es decir, "gobierno de los ladrones") hace ya casi un par de décadas. Lo utilizó para nombrar uno de los mayores peligros que amenazan a las democracias actuales: convertirse en algo así como un dócil coto de caza donde campen por sus respetos una serie de desaprensivos depredadores disfrazados de servidores públicos. El truco consiste en aprovechar las ventajas de una buena posición política para conseguir riqueza personal o para abastecer las arcas del partido propio y financiar sus aventuras electorales. La clase política no empieza a corromperse siempre por la cabeza, como la higuera a la que Cristo maldijo, sino por esos cargos intermedios que toman las decisiones pertinentes y más rentables en cuestión de contratas, permisos de edificación y cosí via.
Es decir, en los niveles en que los gestores públicos inciden en la adjudicación de empresas y obras que pueden beneficiar cuantiosamente a particulares. En esa zona de medias luces en que lo institucional autoriza o promociona necesariamente intereses comerciales privados es donde surgen las tentaciones y pueden cometerse ¡no siempre, desde luego! las peores bribonadas.
Aunque suene un poco obsceno, me atrevo a decir que la posibilidad de la corrupción es uno de los daños colaterales que comporta la sociedad democrática. Allí donde hay libertad se da sin duda la opción de emplearla de modo indebido y prevaricador. En las dictaduras la corrupción es algo oficial, regulado desde las instancias superiores en beneficio de los privilegiados del régimen. En el franquismo funcionaba así, como hoy en Cuba y en otros colectivismos mayores o menores.
En las democracias responde a la perversión de iniciativas privadas, infiltradas en lo público para medrar, y a veces en la obcecación de quienes ponen el beneficio de su secta política por encima de cualquier otro escrúpulo.
Pienso que los humanos siempre estamos a punto de cometer las tropelías por las que no tenemos que rendir cuentas. Lo que me subleva no es la mera corrupción, sino su posible y rutinaria impunidad. Las democracias que funcionan de modo más limpio son aquellas en que los corruptos tienen menos facilidad para irse de rositas tras ejercer sus abusos. Es esa pedagogía de la vigilancia y el castigo de cualquier irregularidad, la cometa quien la cometa, lo que fomenta el hábito resignado de la honradez. Y en este punto también es mejor el pluralismo que el monopolio del poder, porque la mirada hostil del adversario suele sacar a la luz lo que los colegas cómplices del partido se niegan a ver. Como diría Clint Eastwood, sin perdón contra la cleptocracia.
Es decir, en los niveles en que los gestores públicos inciden en la adjudicación de empresas y obras que pueden beneficiar cuantiosamente a particulares. En esa zona de medias luces en que lo institucional autoriza o promociona necesariamente intereses comerciales privados es donde surgen las tentaciones y pueden cometerse ¡no siempre, desde luego! las peores bribonadas.
Aunque suene un poco obsceno, me atrevo a decir que la posibilidad de la corrupción es uno de los daños colaterales que comporta la sociedad democrática. Allí donde hay libertad se da sin duda la opción de emplearla de modo indebido y prevaricador. En las dictaduras la corrupción es algo oficial, regulado desde las instancias superiores en beneficio de los privilegiados del régimen. En el franquismo funcionaba así, como hoy en Cuba y en otros colectivismos mayores o menores.
En las democracias responde a la perversión de iniciativas privadas, infiltradas en lo público para medrar, y a veces en la obcecación de quienes ponen el beneficio de su secta política por encima de cualquier otro escrúpulo.
Pienso que los humanos siempre estamos a punto de cometer las tropelías por las que no tenemos que rendir cuentas. Lo que me subleva no es la mera corrupción, sino su posible y rutinaria impunidad. Las democracias que funcionan de modo más limpio son aquellas en que los corruptos tienen menos facilidad para irse de rositas tras ejercer sus abusos. Es esa pedagogía de la vigilancia y el castigo de cualquier irregularidad, la cometa quien la cometa, lo que fomenta el hábito resignado de la honradez. Y en este punto también es mejor el pluralismo que el monopolio del poder, porque la mirada hostil del adversario suele sacar a la luz lo que los colegas cómplices del partido se niegan a ver. Como diría Clint Eastwood, sin perdón contra la cleptocracia.
(Fernando Savater es filósofo y escritor)