Parábola de la crisis que no existía
Por J. Medina
Napoleón, el militarote corso que durante 13 años trajo a Europa de cabeza, llevaba razón cuando decía que para ganar una guerra hacen falta tres cosas: “dinero, dinero y “dinero”. Mucha gente tiene hoy la guerra perdida porque los euros, simplemente, han “desaparecido” de escena como por arte de magia. Y además no aparece el modelo educativo capaz de relanzarnos por un camino mejor.
Hay gente que empieza a pasar serias necesidades… ¿Como es posible que en tan breve plazo de tiempo se haya escapado la situación de las manos a quienes tienen encomendado -a cambio de jugosos sueldos- velar para que las cosas funcionen? Es nuestra una parte de la culpa, mal que nos pese. Hay que reconocer que hemos vivido como dioses gastando más de lo que ingresábamos y sin guardar, como en la fábula de la cigarra y la hormiga. Pero no es menos cierto que los que daban dinero a crédito –bancos, etc.- nos enviciaron para gastar. ¡Y de qué manera!
Resulta difícil entender lo que ocurría hace sólo unos trimestres. Se entraba al banco a pedir un préstamo y el director te convencía para llevar más dinero del que se precisaba. O te llamaban a casa por teléfono a ofrecerte créditos que no eran necesarios.
La consigna era algo así como, gastar, gastar, porque no pasa nada. ¿O no?
En esos mismos días la crisis no existía. Mejor dicho, nos decían que no existía. El presidente Zapatero comentaba muy serio que no entendía las quejas de la oposición, porque España tenía el mayor nivel de crecimiento europeo y estábamos mejor preparados que nadie para hacer frente a lo que viniese. ¿Se acuerdan de aquello?
Parece que fue ayer pero algunos no quieren ni oír hablar ahora de ello. Tiene bemoles. Hay quien cree que nos querían vender una moto cuya marca debía ser algo así como “especulación de gama alta”. O por lo menos negar la crisis hasta ganar unas elecciones.
Eran los tiempos del Pocero de Seseña y de tantos especuladores de la propiedad –perdón, ahora les llaman promotores inmobiliarios- empeñados en sembrar la geografía nacional de grúas y adosados y en venderlos a precios de disparate. Nadie, ni las administraciones ni ciudadanos, recordaban entonces que la Constitución, en su artículo 47, dice bien claro lo que sigue:
“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.
¿No suena a broma? ¿Impedir la especulación? ¿Nos parece que los poderes públicos han cumplido con ese precepto? ¿Cuántos de ellos se han lucrado con esa especulación que debían evitar?
Pero nuestros políticos llamaban a eso desarrollo, a “comprar barato y vender caro”. Y si un pueblo quería parecer lo que no era, no podía carecer de un campo de golf y unas cuantas urbanizaciones. Esa era la única inversión que se les ha venido ocurriendo a los responsables municipales por todo el país. ¿Qué? ¿No era así?
Han sido tiempos en los que una foto del abuelo bastaba para avalar un crédito, un billete de metro para regularizar a un inmigrante clandestino y en los que para aprobar un curso cualquier mozalbete no tenía que saber de qué iba la cosa. Y también en los que recalificar una viña, olivar o huerto y crear una urbanización en esos lugares, no se precisaban más que los minutos de echar un garabato.
En ese tiempo, es decir anteayer, todo el mundo andaba “reunido”. Cuando se preguntaba por cualquiera, ese fulano o mengano siempre estaban reunidos. O en un almuerzo de trabajo. Esos “magos” de las finanzas se habían creído que vivíamos en Jauja, que como todo el mundo sabe cae por León. Y por si era poco, a ese vivir por encima de nuestras posibilidades lo llamaban “sociedad del bienestar”, o sea una especie de Paraíso sin Adán ni Eva.
Ahora nadie duda de que aquello se fue de las manos. Un ciudadano apellidado Hernández Moltó,- aquel del “míreme a los ojos señor Rubio”- iba cocinando poco a poco un buen desaguisado. Fue un caso más de la multiplicación de irregularidades en la que se tradujo la relajación democrática.
Después de unos años de demostrar al mundo que éramos capaces de superar los efectos de una guerra entre hermanos y hacer las cosas mejor que bien, creímos que ya nos podíamos tumbar a la bartola y admirar la obra, como se dice que hizo Dios tras la creación. Los personajes con menos escrúpulos aprovecharon la ocasión. Y ahí siguen.
Dice un amigo que algunos formamos parte de una generación a la que educaron a la hora de comer con un “toma”. Esa palabra indicaba que aquello era lo que había, y lo tomabas o no había otra cosa. Esa filosofía se basaba en la austeridad, el respeto y la disciplina. Ahora la filosofía es la de “¿qué te hago?”, es decir, al “nene” se le permite elegir, como en un restaurante a la carta. Y si no quiere comer una cosa, los padres dan volteretas hasta que al “nene” le apetece. Por no hablar de las ropas de marca, los móviles de “última generación” y tantos productos de consumo inventados para esclavizar a la sociedad.
Ese guiso se adorna después con conceptos nuevos, recién inventados para dar un aire de modernidad, como globalización, botellón, tolerancia cero, sostenibilidad, renovables, violencia de género (cuando no es otra cosa que la violencia doméstica de toda la vida), etc. Ahora, después de despilfarrar hasta cansarse, alguien descubre que los abusos acaban por pagar peaje. Y lo que es peor, no saben cómo sacarnos de ésta.
Un conocido sostiene que el declive cívico, económico, social y político empezó el día en que el Rey tuvo que estampar su rúbrica en aquel decreto que permite a un alumno pasar curso sin aprobar las asignaturas o lo que es igual, “sin dar un palo al agua”. Porque sin “esfuerzo” ni “sacrificio” la “innovación” y la “competitividad” se esfuman como el gas. Hemos inventado unas generaciones de “gente frívola”, que si no beben hasta caerse no se divierten.
Zapatero, dice ese mismo conocido, anda loco por meternos en el G-8 o el G-20, cuando en materia educativa, cuando mejor estamos, no pasamos del G-23. Difícilmente sin mejorar la educación consolidaremos nuestra pujanza económica. Y lo que es peor, corremos el riesgo de llegar a ser una potencia mundial de analfabetos útiles. ¿Pero ha comprendido alguien la moraleja?