domingo, 9 de agosto de 2009

Toros

Ponce y Morante, dos caras de la misma moneda
Por “Frascuelo”
Escalona.-Las noticias del planeta taurino nos hablan estos días por distinta causa de dos figuras de primer orden. Nos referimos a Enrique Ponce y a José Antonio Morante. El uno ha cosechado ayer una tarde de gloria y el otro la víspera una de dolor. Pero en realidad son dos caras de la misma moneda. El arte de torear lleva aparejado lo uno y lo otro, gloria y dolor. Como la vida misma.
Ponce, uno de los toreros más completos, pundonorosos y hasta artistas del momento, salió a hombros en la cuarta del ciclo vitoriano. Cuajó uno de esos toros que esta temporada han escaseado. El del Puerto de San Lorenzo reunía temple, acometividad, son, fijeza, codicia y recorrido en su embestida. El toro apretó de bravo en el peto y Ponce lo templó de capote. Antes de brindar, se le arrancó el toro sorprendiéndole y Ponce se dobló torero con él poniendo la plaza boca abajo.
Cuajó una faena de menos a más, que mejoró de mitad de trasteo en delante, más encajado el torero y ligando series en redondo de alta nota con el toro repitiendo incansable por abajo. Al natural hubo apuntes sueltos aunque el toro le enganchó por momentos cuando Ponce vaciaba las embestidas por arriba a un toro que todo lo pidió por abajo. Se adornó al final con pases variados. Sonó un aviso antes de entrar a matar y dejó una gran estocada. De forma incomprensible nadie pidió la vuelta al ruedo al toro.
El torero salió a hombros después de cortar dos orejas y un rabo a Santo, que era el nombre del astado. Antes, había cortado otra oreja un primero noble y suavón.
La víspera, Morante había sufrido una cornada en El Puerto de Santa María cuando realizaba su toreo más artístico y elegante. Un desgraciado resbalón le dejó a merced de su enemigo, que le prendió por el muslo. Se recupera de las lesiones en Jerez y nadie aventura cuándo podrá ponerse de nuevo ante un toro.
Al margen del desigual resultado, estos dos matadores figuran sin lugar a dudas entre lo más recomendable de un escalafón plagado de figuras, entre las que brillan por méritos propios media docena. Son los toreros que practican lo que de arte existe en la lidia. Y combinan valor, sabiduría y arte.
Hay otros muchos que pegan innumerables pases, que se dan arrimones o que entusiasman al respetable con poca cosa. Pero el arte de torear es otra cosa. Es dominar a los toros buenos y malos, y además buscar la perfección en cada pase. A algunos de los otros basta verles una tarde para verlas todas. Sus faenas parecen trazadas con escuadra y cartabón. O fotocopiadas. Pero el toreo es otra cosa. ¡Qué se lo digan a Curro Romero o a Paula!
Estos toreros del arte no son para cualquier público. Son para paladares finos. Para lo otro ya están ahí los José Tomás, los Perera o los Juli. Para arrimones, Castella y algún otro. Pero si uno quiere ver torear, hay que acudir, a riesgo de salir de la plaza sin ver nada, a los Julito Aparicio. Y con menos riesgo de sentirse defraudado, a ver como torea José María Manzanares hijo, que con los dos del principio y El Cid podrían componer el cartel ideal. Bueno, eso, si no vuelve a los ruedos Joselito.