El regreso de la crispación
Prometía mucho un curso político en el que los dos grandes partidos tratasen de entenderse en vez de enredarse como matones barriobajeros. Pero esta visto que este país no merece más que unos políticos de tres al cuarto, dispuestos a erosionarse a cualquier precio. A los dos grandes partidos –la grandeza se mide en número de afiliados pero no en altura intelectual- parece gustarles poco dar una imagen diferente.
Siguen aprovechando cualquier resquicio para fomentar la división. Lo que ha hecho ahora la señora Cospedal, doña Dolores, no ha estado precisamente bien. Acusar sin probar es simplemente inaceptable. Un político debería conocer mejor que otros ciudadanos los límites del buen gusto y de la ley. Y si tiene constancia de pinchazos o escuchas, lo que tiene que hacer no es ir ante los micrófonos, sino acudir a comisaría.
Pero de la otra parte, quienes ahora claman al cielo por lo de Cospedal -por ejemplo el Sr. Blanco, D. José-, no son mucho mejores. Recordamos muchas de sus hazañas pasadas y presentes, y aguardamos las futuras. Han estado haciendo sangre –o queriendo hacerla, que al cabo es lo mismo- con asuntos que estaban en manos de la justicia. Pero ninguno se ha excusado cuando los jueces, con acierto o sin él, les han dejado sin razones.
Están demasiado acostumbrados, los unos y los otros, a hacer su santa voluntad sin atenerse a razones de oportunidad o de elegancia (incluso de legalidad). La política, contra lo que parecen creer muchos de nuestros políticos, es sobre todo elegante, o eso que llaman los británicos “fair play” (juego limpio). No es eso lo que vemos entre nuestros políticos, y desde luego en la propia Escalona.
Elegancia o juego limpio no es vituperar al contrario con cualquier motivo. O sin él. O dividir el mundo en rojos y fachas. Ya no quedan muchos de los unos o de los otros más que en el interesado imaginario de algunos.
Juego limpio es colaborar en beneficio de la ciudadanía. Y desde luego dar juego a la minoría, porque un día –más pronto que tarde- será quien alterne en el poder. Juego limpio es actuar de modo ejemplar ante el pueblo (o dicho de modo más claro, a ver si esta vez nos entienden, dar ejemplo).
¿Estiman nuestros lectores que los que nos gobiernan dan ejemplo? ¿De qué? ¿De ecuanimidad? ¿De buen talante? ¿Acaso nos dan ejemplo de estar por encima del juego partidista a la hora de repartir empleos o prebendas? ¿O de adjudicar obras?
¿No parecería adecuado en la actual situación de emergencia nacional por la crisis económica que nuestros políticos se uniesen –con sindicatos y empresarios- para formar mesas locales de empleo a fin de enumerar los puestos de trabajo disponibles y de repartirlos de modo equilibrado y equitativo? ¿Quién impide qué así sea? A los modestos ciudadanos nos parece que el único obstáculo es la cerrazón de los políticos. Sobre todo de esos a los que llamamos despectivamente profesionales de la política.
Esos son, no tengan la menor duda, los que ponen dinamita a las relaciones de las de las grandes formaciones políticas, los que dividen el mundo en blancos o azules y desde luego los que se dejan arrastrar a la corrupción, como el río arrastra a las hojas de árbol que caen en su corriente. El poder absoluto tiene esas cosas.
Pero también son esos individuos, que nadie se engañe, los auténticos chiquilicuatres de la política; los que confunden el pan y el circo, con la cultura, y los que reparten el empleo financiado con el dinero de todos, como el que da limosna. O los que se sienten poderosos cuando no son más que unos menesterosos.