miércoles, 12 de agosto de 2009

Editorial

Políticos a la greña, país abandonado

La mayor parte de los españoles asistimos con los pelos de punta a la escalada de la tensión entre nuestros políticos, sin otro motivo aparente que el pánico que sienten unos y otros a perder las próximas elecciones cuando toque celebrarlas.

Y sentimos pánico más que nada porque ante la actual crisis económica, nos están recetando con sus enconos la medicina opuesta a la que debe ayudar a aliviar nuestros males. En estas circunstancias, mientras ellos andan a la greña, este es un país prácticamente abandonado.
De un tiempo a esta parte en la política española –y en otros aspectos de la vida- se está instalando una extraña y penosa afición al espionaje, tanto a espiar al próximo como a sentirse espiado. En combinación con la rampante corrupción, este asunto del espionaje produce una mezcla altamente explosiva. Y de una inmensa banalidad en sus resultados.
Da la impresión de que, a falta de mejores ideas para hacer más llevadera la vida de los ciudadanos, nuestros políticos, o una parte de estos, se ha aficionado a las películas se suspense en la vida diaria. Pero en el fondo poco o nada habría que espiar si muchos de ellos no tuviesen mucho que ocultar y mucho más que callar.
Las portadas de nuestros periódicos llevan demasiados meses inundadas de espías a sueldo de ayuntamientos para espiar a sus propios compañeros de partido, de espías que espían a los políticos que tienen algo que esconder y a los que no ocultan nada, y sobre todo de una guerra sucia que dice poco de la calidad humana y política de quienes la practican. No son unos mejores que los otros.
Y gracias a esa pobreza de espíritu que evidencian las acciones de los que están en los peldaños superiores de la escala del poder, los que ocupan los escalones más bajos hacen y deshacen a su antojo, de modo despótico y prepotente y sin que nadie se ocupe de pedirles cuentas. No hay quien controle a los reyezuelos que brotan por doquier.
La España en la que vivimos no es tanto un Estado democrático o un Estado de las autonomías como el imperio de la corrupción y las prácticas deshonestas. O al menos algunos así lo piensan. Incluso algunos de nuestros asombrados vecinos y socios europeos, que a veces no dan crédito al espectáculo que les mostramos.
Nuestros políticos se preocupan de que no nos matemos por las carreteras –o al menos eso dicen (la verdad de su interés es meramente recaudatoria)-, pero en cambio no parece causarles el menor espanto que haya 4 millones –cuatro- de ciudadanos desempleados (sean del color político que sean) y que muchas familias no puedan acceder al crédito que tanto precisan (y que antes les metían por los ojos), mientras a las entidades financieras las apuntalan con el dinero de todos y así luego presentan jugosas cuentas de resultados. ¿Nos van a decir que no es cierto?
A lo de Estado de la corrupción cabría añadir lo de Estado de la desvergüenza.
¿Y qué tenemos? Pues tenemos a un primer ministro que parece “tenerlos de corbata” porque las encuestas se le empiezan a poner cuesta arriba y se ha decidido, con el apoyo de sus corifeos, a destrozar a la oposición. Y a un jefe del principal partido de oposición que, en vez de guardar la calma, ha desatado una ceremonia de la confusión sobre los supuestos espionajes a sus adláteres. Y mientras ellos se pelean, la casa (la de todos), sin barrer.
Una vez más tenemos que repetir aquí que el mejor servicio al país y a la limpieza de nuestra democracia (que la tienen hecha un pingajo) sería ir a comisaría, presentar las pruebas oportunas y la correspondiente denuncia. Y luego ir ante cámaras y micrófonos a decir las verdades del barquero. Pero de momento, de comisaría nada. Sólo cámaras y micrófonos y eso dice poco de quien practica ese juego.
Es más, esa actitud tan ligerita lo que hace es perjudicar la imagen ante los ciudadanos de los militantes humildes que luchan discretamente para apuntalar una eventual victoria del partido conservador en las siguientes citas electorales.
Queremos y merecemos más de nuestros políticos. Tenemos todo el derecho a exigirlo, porque pagamos sus jugosos sueldos de nuestros impuestos. Lo que convierte a esos ciudadanos arrogantes e ineficaces, aunque ellos no lo comprendan, en empleados nuestros. Desde el presidente del Gobierno al último concejal.
¡No somos nosotros quienes tenemos que servirles, sino ellos a nosotros! Y por eso mejor harían en escuchar las cuitas de todos y no sólo de una camarilla o grupo de amiguetes con los que se comparten cervecitas en el bar de la esquina.
Y si no atienden a razones, seguiremos diciéndoles todos los días lo que pensamos. No tenemos otra arma más eficaz y además sabemos que les molesta -¡Uy si les molesta!-. En eso consiste la democracia. No sólo en ir a votar cada cuatro años. Eso se hacía hasta en tiempos de Franco. La democracia es, lo diremos una vez más, el imperio de la ley y del orden. ¡Sí, ley y orden! ¿Y les parece que esto que vemos a diario es ley y orden?