Delibes, periodista
Por J. Frisuelos
Siempre me gustó la prosa de Miguel Delibes, pero quizá más desde que supe que era periodista, un gran periodista y maestro de periodistas. Y también cuando descubrí que, como mi padre, era un furibundo enamorado del campo, de la ecología y de esa naturaleza que nos empeñamos cada día en deteriorar más.
Muchos de mis mejores amigos y compañeros de profesión, le tuvieron como jefe y le consideraban su maestro. Había que escuchar hablar de Delibes a los Manu Leguineche o a los desaparecidos Julián Lago o Paco Umbral. Y otro puñado de grandes profesionales antes de que la mediocridad anidase en un oficio mucho más digno que lo que algunos pretenden hacer de él.
En El Norte de Castilla, que don Miguel dirigió con gran acierto después de ser caricaturista, redactor, crítico de cine y subdirector, la presencia de Delibes estaba –y seguramente aún está hoy en día- por cada rincón de aquella redacción añosa.
Los profesionales, en Valladolid, elogiaban insistentemente su magnífico criterio profesional y su empuje, el entonces incansable empuje con el que llevaba el timón de El Norte. Sólo la muerte de su adorada esposa minó esa fuerza interior.
En los tiempos de la dictadura, Delibes supo hacerse respetar hasta por los carcas más carcas y la profesión -la profesión en pleno-, elogiaba su condición de maestro en los vinos del Penicilino o en las tabernas de copas de la vallisoletana calle Francisco Suárez, donde algunos presumían de haber compartido diálogo, chato y tapas con él.
De su literatura hay poco nuevo que decir. Descubrí la riquísima narrativa de D. Miguel, sus paisajes indudablemente castellanos, tan admirablemente descritos, a los 16 años. Sus personajes me recordaban a muchos que yo mismo conocí en mi infancia y adolescencia por tierras toledanas o manchegas. Delibes conocía el mundo rural a fondo y cuando se sentaba ante la máquina de escribir era como un fotógrafo o un pintor, describiendo aquella España rural mucho más rotunda y honorable que ésta, y por supuesto sin tanta mojigatería y tonta arrogancia.
Ahora, al conocer la penosa noticia de su muerte, después de una no menos penosa enfermedad, tengo la sensación de que se va alguien que, sin ser pariente o conocido, es de alguna manera también mío.
Tuve ocasión hace algunos años de explicar a uno de los hijos de Delibes, biólogo y por entonces director de la estación de Doñana, esa extraña relación de proximidad hacia la figura de alguien a quien sólo saludé personalmente en una ocasión, pero con cuya vida, sentimientos y postura ante la vida me sentía muy identificado.
El hijo halló una razón de inmediato para justificarlo: ¡Claro, como eres periodista!
Y seguramente tenía razón, porque quien nos ha dejado hoy no era solamente un enorme escritor que hubiera merecido mucho más el Nóbel que algunos de esos premiados por razones del guión político. ¡Era un gran periodista!
(J.Frisuelos es periodista)