Por D. Armario
Posiblemente uno de los negocios – que no oficios, que éstos están reservados para las señoras prostitutas – más antiguos del mundo es el de chantajista.
En el fondo creo que, detrás de todo hombre y mujer hay un chantajista vocacional, alguien que sabe cómo obtener beneficio de una cierta información reservada que puede acojonar a un tercero, y el que más y el que menos alguna vez en su vida ha mirado con mirada aviesa y amenazadora a alguien, y no ha necesitado pronunciar palabra para advertirle que lo tiene pillado por el escroto.Todo esto tiene que ver con la frase que no se cansan de pronunciar las folclóricas (periodistas y periodistos del corazón) que dicen con una dignidad de la que carecen “yo valgo más por lo que callo que por lo que sé”.
¿Cuánto sabe Garzón y cuánto está dispuesto a callar?
¿Cuánto calla Rubalcaba y cuánto está dispuesto a hacer para que Garzón siga callando?
¿Qué cosas sabe y, por ahora ha olvidado, el próximo nuevo consejero de la Asamblea de la caja vital de Alava y ex director general de la policía, Víctor García Hidalgo, para que le hayan recompensado tan generosamente?
¿Cuántas cosas y escenas tiene grabadas el gobierno cubano sobre los artistas que ahora le defienden a capa y espada?
¿Cuántos secretos conoce Luis Bárcenas, ex tesorero del PP para que sus antiguos jefes se la sigan cogiendo con papel de fumar?
¿Cuántos trincones del caso Gürtell están más o menos tranquilos porque saben que si hablan le complicarán la vida a más gente?
La lista, si la ampliamos a las taifas autonómicas, se multiplicaría de forma exponencial, ya que sólo hay que recordar cómo la acusación que hizo en su momento Pascual Maragall sobre el 3% de comisión que según él cobraba el anterior gobierno de Pujol, convulsionó al oasis catalán hasta que lo arreglaron entre todos, pero como muestra valen por ahora estos pocos botones.
Aquí el que más o el que menos tiene algún muerto en su armario y eso es lo que explica los silencios cobardes de unos y las complicidades vergonzantes de otros. En el fondo a eso se le llama corrupción.
(D. Armario es escritor y periodista)