domingo, 14 de marzo de 2010

Naturaleza - Reportaje

30 Años sin Félix, el amigo de los animales

Por Cándido de Paz
Escalona.- Hoy se cumplen 30 años de la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente, un recio castellano que de alguna manera se instaló para siempre en el corazón de muchos españoles. Como lo hizo su apodo de “el amigo de los animales”.
Nacido en Poza de la Sal, otro 14 de marzo, pero de 1928, de la misma generación que Miguel Delibes, compartió con el literato recién muerto el amor por la tierra, por la naturaleza, por los animales.
A ambos el castellano, pronunciado con pureza y nitidez les sirvió para designar con asombrosa precisión los milagros cotidianos que acontecen en los bosques, en las estepas, en los montes españoles. Es una lengua hecha a imagen de la tierra y por eso capta con tanta precisión sus virtudes, sus crueldades, sus bellezas.
Para los que fuimos niños o adolescentes –y también para muchos que eran mayores- a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la música de 'El Hombre y la Tierra' -la obra magna de Félix Rodríguez de la Fuente, que es posiblemente el primer gran documental sobre naturaleza que se realiza a nivel mundial- forma parte de nuestra memoria mejor y más vívida. Como su voz inconfundible.
Seguramente de aquellos programas 'de animales' hemos conservado el amor a la naturaleza, y resulta curioso que cuando hace treinta años sólo había una televisión en España -y sin grandes medios técnicos- pudiesen grabarse y crearse programas como ese, que son todo un clásico, mientras que ahora, con tanta tecnología de televisión, tanta TDT y tantas historias, la televisión se ha convertido en algo soporífero e insoportable y, desde luego, perfectamente olvidable.
Pero como comentábamos, la música del programa y la voz de Rodríguez de la Fuente forman parte de nuestro patrimonio personal y 30 años después de su muerte somos capaces de reconocerlas allí donde suenen, y si cerramos los ojos podemos escuchar esa voz del burgalés hablando de la capacidad asesina de la gineta, la falta de escrúpulos de los que envenenan zorros, de las asombrosas cualidades del alimoche para romper huevos o de la belleza del lobo.
Su apasionamiento, su capacidad de trabajo y su visión de la realidad, le permitieron ser un adelantado a su tiempo, cuando todavía existía una junta nacional para la extinción de especies dañinas que estuvo a punto de acabar con animales como el lobo. Así, su legado -más allá de las estrechas críticas de algunos- es inmenso y su aportación a la conservación -siempre precaria, por otra parte, y siempre al albur de los patéticos intereses políticos y urbanísticos- de los ecosistemas españoles fundamental.
Todo ese discurso de amor a la naturaleza, toda esa proclama constante a favor de su conservación, encontraron en las sierras y cañones de España un marco idóneo.
Fue en esos paisajes donde se grabaron capítulos inolvidables de 'El Hombre y la Tierra', como el de la berrea del ciervo en los otoños o muchos dedicados a los buitres leonados. Las sierras de Cazorla o Segura, la reserva del Hosquillo, la isla de Cabrera, las Tablas de Daimiel y el Parque Nacional de Doñana son más nuestras gracias a Félix. Como lo son las gentes que pueblan esas zonas y sus animales, sus amados animales.
Son hombres como Rodríguez de la Fuente, unidos a miles de agricultores, labradores, hortelanos, pastores y gentes del campo en general los verdaderos artífices -sin necesidad de políticos ni autonomías ni zarandajas- de la conservación a lo largo de los siglos de los valores naturales y los ecosistemas
Llegó a rodar Félix sin guión previo, dejándose llevar por la intuición. Luego, los medios muchos más sofisticados permitido grabar documentales más espectaculares, pero es probable que ninguno haya conseguido el grado de pasión por el medio ambiente que los del desaparecido Rodríguez de la Fuente. Es probable que ninguna imagen posterior haya conseguido fijarse en la retina del espectador como aquella en la que un águila real caza una cría de muflón en los riscos jienenses.
Había nacido el naturalista en una casa como las que había en aquel entonces en muchos sitios de España, por ejemplo en Escalona. Era una casa de adobe, piedra y entramado de madera, en la actual calle Mayor de Poza de la Sal, donde él pasó su infancia.
Tres décadas después de su trágica muerte junto a varios colaboradores al estrellarse la avioneta en que volaban en Alaska, el nombre de Rodríguez de la Fuente sigue siendo, en palabras de Odile, una de sus hijas, “un fenómeno mediático, un personaje histórico que marcó el despertar de la conciencia ecológica en España y en otros países latinoamericanos”.
Ella dirige hoy la fundación que lleva el nombre de su padre, aquel gran comunicador capaz no sólo de embelesar con sus historias incluso a sus jóvenes amigos de infancia durante sus escapadas por los parajes de su pueblo.
Pero antes de que su nombre fuera conocido y traspasara fronteras, los primeros años de la vida de Félix estuvieron ya estrechamente ligados a la naturaleza. y es que antes de marchar interno a un colegio religioso, acompañaba en sus paseos a los pastores de pueblo, junto a sus dos amigos, aún vivos y residentes en Poza de la Sal, Policarpo de la Fuente y Antonio Sanjuanes, quienes recuerdan el lado más humano del personaje.
Historias sobre lobos y meriendas en la cueva donde se refugiaban los amigos para huir de las broncas de los vecinos del pueblo rodeaban la vida de Félix, que también fue niño, y como tal, algunos de sus vecinos recuerdan sus “chiquilladas”.
Tras estudiar en Vitoria, Burgos y residir un tiempo en Briviesca, Félix estudió Medicina en Valladolid. Él mismo explicaba que “cuando ya había acabado mi carrera de medicina y la especialidad de estomatólogo, mi familia se prometía muy feliz al pensar que iba a tener un hijo con bata blanca y con un cartel de dentista en una calle de Madrid, pero de pronto opte por dedicarme a las cosas de la naturaleza porque siempre he sido un soñador”.
Quizá esa pasión nació porque en Valladolid aprendió el arte de la cetrería y hasta llegó a asesor a Sofía Loren durante el rodaje de El Cid, para que consiguiese sujetar a un halcón sin asustarse. Luego llegaron los 18 documentales de “El Hombre y la Tierra” y de ahí el nacimiento del mito Rodríguez de la Fuente. Tres décadas después, los valores de cariño y respeto a la naturaleza, aún perviven, y la imagen en la que este burgalés deja acariciarse por un lobo sigue en la memoria de todos.