España o la fábula de la cigarra y la hormiga
Por C. de Paz
Esta crisis nos ha enseñado el valor imperecedero y universal de los cuentos infantiles y los mensajes educativos que guardan sus moralejas finales. Repetimos esos cuentos a nuestros hijos como lecciones a aprender para que dejen en ellos una huella sobre las amenazas a evitar y actitudes a tomar frente a ellas.
Pero, como en tantas cosas, pasamos por fábulas, leyendas y relatos de puntillas y no extraemos nuestras propias moralejas. Nos suele importar más engañar a las tripas del cariño, que al contenido. Somos ya mayores, pensamos, para que se conviertan en elementos de reflexión en la madurez. Qué gran equivocación.
Traigo en esta ocasión a colación el cuento de la cigarra y hormiga en su versión 2.0. Porque desde que se inició la crisis, hemos notado que aquí había un problema de base, que era el exceso de crédito del sistema o el sobredimensionamiento de la economía financiera frente a la real.
Nos hemos dado cuenta, un día tras otro, de que las cosas no se solucionarían en tanto en cuanto tal cuestión no se resolviera. Hemos censurado el traspaso de endeudamiento privado a las finanzas públicas al recordar que las deudas tienen dos problemas, que generan intereses y hay que pagarlas y que el Estado, en última instancia, es sostenido por el resto de los agentes económicos a través de los impuestos o de mermas en los servicios dependientes de la Administración. O sea, por el sacrificio suyo y mío. ¡Nuestro!
Hemos denunciado que la financiación ajena a bajo coste no es ilimitada y menos aún en un entorno de competencia. Hemos puesto de manifiesto que no es lo mismo deber un duro sin política monetaria o cambiaria propias que con ellas y, por tanto, que no es equiparable la situación española con la británica o la norteamericana.
Hemos señalado, una y otra vez, la imposibilidad de la cuadratura del círculo (políticas asistenciales no productivas y recurrentes como base del dispendio administrativo con dinero de terceros), el escaso margen de maniobra de los Estados ante la debilidad de la actividad productiva y de servicios frente a la alharaca financiera.
Quizá debimos poner más énfasis en dejar clara una de las lecciones de la crisis de Dubai: la imposibilidad de confiar en primos de Zumosol que nos saquen las castañas del fuego. O en no dejar dudas sobre el hecho de que cada ciudadano soporta 87.000 euros de deuda sobre sus ho
mbros.
Pero al fin y al cabo, basta con poner sentido común, perspectiva y algo de profundidad al análisis y no contaminarlo con mensajes derivados del propio instinto de supervivencia. Esa receta, tan simple, a algunos les parece hoy en día insultante y vejatoria. Déjenme decir que o servidor es muy melón, o en todo esto hay algo que no cuadra.
Hemos sido, informativamente hablando, la hormiga del cuento a la que las cigarras han querido mandar al hormiguero, extasiados por el penetrante olor de las revalorizaciones bursátiles, el retorno de la propensión al riesgo y el entorno idílico de tipos bajos (expansión monetaria), inflaciones sostenidas (escasez de materias primas) y crecimientos débiles pero positivos (política fiscal sin precedentes).
Ahora los peores augurios se cumplen. Y el problema es que se ha demostrado que las espirales negativas son difíciles de romper toda cuando la solvencia crediticia de un país depende más que nada del riesgo asociado a las empresas que la integran. Y el deterioro en la percepción de la incertidumbre sobre estas últimas puede llevar a la activación de ciertas cláusulas de financiación que, o elevan los diferenciales a aplicar a sus deudas, o les obligan a su inmediato repago, complicando así su situación financiera.
Lo que hasta ahora parecía un riesgo lejano y nos permitía vivir como si no hubiera un mañana, ha llegado ya. Está aquí y ahora. Y no hay reacción posible, a no ser drásticos programas de ajuste sobre los que, por cierto, el mercado ha pasado como una apisonadora en las naciones que han tratado de aplicarlos.
Durante muchos años, y volvemos al cuento, España ha sido la cigarra económica de Europa. Aprovechó los fondos europeos y la entrada masiva de mano de obra extranjera para entonar el cántico de un modelo productivo con pies de barro. Aumentó el producto por el uso intensivo de los factores de producción y se olvidó de la productividad: Tierra-inmobiliario, trabajo-inmigración y capital-deuda interna y externa.
Esa fue la excusa para auto incluirnos en la Champions League de la macro economía mundial. Mientras, nuestros vecinos europeos, sobre todo Alemania, hacían los deberes en vez de mirarse al ombligo. Se preocuparon de situarse lo mejor posible en un entorno global a la vez que ajustaban su estructura política, económica y social a esa realidad. Trabajaron como hormigas para cuando llegara el invierno.
Con las primeras nieves de diciembre, las puertas de su despensa se han cerrado. Mientras entonamos una lastimera letanía deben pensar que bastante nos ayudaron en el pasado. Sólo queda pasar hambre y frío y, si sobre todo, aprender de los errores. Quizá no sea mala cosecha, si nos aplicamos a aprender de ella.
Esta crisis nos ha enseñado el valor imperecedero y universal de los cuentos infantiles y los mensajes educativos que guardan sus moralejas finales. Repetimos esos cuentos a nuestros hijos como lecciones a aprender para que dejen en ellos una huella sobre las amenazas a evitar y actitudes a tomar frente a ellas.

Pero, como en tantas cosas, pasamos por fábulas, leyendas y relatos de puntillas y no extraemos nuestras propias moralejas. Nos suele importar más engañar a las tripas del cariño, que al contenido. Somos ya mayores, pensamos, para que se conviertan en elementos de reflexión en la madurez. Qué gran equivocación.
Traigo en esta ocasión a colación el cuento de la cigarra y hormiga en su versión 2.0. Porque desde que se inició la crisis, hemos notado que aquí había un problema de base, que era el exceso de crédito del sistema o el sobredimensionamiento de la economía financiera frente a la real.
Nos hemos dado cuenta, un día tras otro, de que las cosas no se solucionarían en tanto en cuanto tal cuestión no se resolviera. Hemos censurado el traspaso de endeudamiento privado a las finanzas públicas al recordar que las deudas tienen dos problemas, que generan intereses y hay que pagarlas y que el Estado, en última instancia, es sostenido por el resto de los agentes económicos a través de los impuestos o de mermas en los servicios dependientes de la Administración. O sea, por el sacrificio suyo y mío. ¡Nuestro!
Hemos denunciado que la financiación ajena a bajo coste no es ilimitada y menos aún en un entorno de competencia. Hemos puesto de manifiesto que no es lo mismo deber un duro sin política monetaria o cambiaria propias que con ellas y, por tanto, que no es equiparable la situación española con la británica o la norteamericana.
Hemos señalado, una y otra vez, la imposibilidad de la cuadratura del círculo (políticas asistenciales no productivas y recurrentes como base del dispendio administrativo con dinero de terceros), el escaso margen de maniobra de los Estados ante la debilidad de la actividad productiva y de servicios frente a la alharaca financiera.
Quizá debimos poner más énfasis en dejar clara una de las lecciones de la crisis de Dubai: la imposibilidad de confiar en primos de Zumosol que nos saquen las castañas del fuego. O en no dejar dudas sobre el hecho de que cada ciudadano soporta 87.000 euros de deuda sobre sus ho
mbros.Pero al fin y al cabo, basta con poner sentido común, perspectiva y algo de profundidad al análisis y no contaminarlo con mensajes derivados del propio instinto de supervivencia. Esa receta, tan simple, a algunos les parece hoy en día insultante y vejatoria. Déjenme decir que o servidor es muy melón, o en todo esto hay algo que no cuadra.
Hemos sido, informativamente hablando, la hormiga del cuento a la que las cigarras han querido mandar al hormiguero, extasiados por el penetrante olor de las revalorizaciones bursátiles, el retorno de la propensión al riesgo y el entorno idílico de tipos bajos (expansión monetaria), inflaciones sostenidas (escasez de materias primas) y crecimientos débiles pero positivos (política fiscal sin precedentes).
Ahora los peores augurios se cumplen. Y el problema es que se ha demostrado que las espirales negativas son difíciles de romper toda cuando la solvencia crediticia de un país depende más que nada del riesgo asociado a las empresas que la integran. Y el deterioro en la percepción de la incertidumbre sobre estas últimas puede llevar a la activación de ciertas cláusulas de financiación que, o elevan los diferenciales a aplicar a sus deudas, o les obligan a su inmediato repago, complicando así su situación financiera.
Lo que hasta ahora parecía un riesgo lejano y nos permitía vivir como si no hubiera un mañana, ha llegado ya. Está aquí y ahora. Y no hay reacción posible, a no ser drásticos programas de ajuste sobre los que, por cierto, el mercado ha pasado como una apisonadora en las naciones que han tratado de aplicarlos.
Durante muchos años, y volvemos al cuento, España ha sido la cigarra económica de Europa. Aprovechó los fondos europeos y la entrada masiva de mano de obra extranjera para entonar el cántico de un modelo productivo con pies de barro. Aumentó el producto por el uso intensivo de los factores de producción y se olvidó de la productividad: Tierra-inmobiliario, trabajo-inmigración y capital-deuda interna y externa.
Esa fue la excusa para auto incluirnos en la Champions League de la macro economía mundial. Mientras, nuestros vecinos europeos, sobre todo Alemania, hacían los deberes en vez de mirarse al ombligo. Se preocuparon de situarse lo mejor posible en un entorno global a la vez que ajustaban su estructura política, económica y social a esa realidad. Trabajaron como hormigas para cuando llegara el invierno.
Con las primeras nieves de diciembre, las puertas de su despensa se han cerrado. Mientras entonamos una lastimera letanía deben pensar que bastante nos ayudaron en el pasado. Sólo queda pasar hambre y frío y, si sobre todo, aprender de los errores. Quizá no sea mala cosecha, si nos aplicamos a aprender de ella.
