domingo, 6 de septiembre de 2009

Tribuna Libre

Julio, uno de los nuestros

Por L. Jiménez
Siempre fue un hombre discreto y de ese modo se ha marchado. Sólo dio un portazo cuando insultaron tanto a su amiga y jefa, Pilar Miró, que no cabía hacer mutis por el foro sin más.
Sólo unos cuantos le vimos llorar la pérdida de Pili Trenas o la de Pilar Miró. Julio era discreto. Sabía mandar sin imponer su criterio, algo que tantos deberían aprender hoy en día.
Era capaz de dialogar durante horas para convencer a su interlocutor, pero también sabía aceptar el criterio del otro, si comprendía que tenía más razón.
Su concepto de la libertad no tenía fisuras. Ni siquiera permitía que el partido al que pagaba cuotas estuviese por encima de sus principios. Y tampoco aceptaba presiones de los amigos.
La amistad, decía, no tiene por qué pagar peaje. Julio de Benito era uno de los nuestros.
La vida en torno a Julio no ha sido un campo de margaritas. Las espinas de las rosas le han lacerado con demasiada frecuencia. El cáncer y la muerte ha rondado demasiadas veces cerca de su casa. Hasta que al final le ha tocado a él la ruleta de la que nadie se escapa. Pero, como a Pili Trenas le ha tocado demasiado pronto.
Le gustaba disfrutar de una buena lectura, de una buena comida y de un buen programa de televisión. Pero no soportaba la mediocridad cuando además ésta era arrogante. Por eso andaba últimamente jodido por lo que veía suceder con demasiada frecuencia en España. Demasiada arrogancia y demasiada mediocridad, decía. Y pronosticaba que antes o después volverían al poder las gentes con sentido común.
Se quejaba de que, como Saturno, la democracia española había devorado a demasiados de sus mejores hijos. Lamentaba que les hubiesen jubilado a edades incompresibles, cuando estaban en lo mejor. Mencionaba a Boyer, a Felipe, a Ibarra, a Peces…
Creía que este país no se podía permitir mucho tiempo más seguir en manos de incompetentes. Le llenó de terror y de desprecio el programa de prejubilaciones que, so pretexto de sanear el ente RTVE –su casa- se llevó por delante a varias generaciones de magníficos profesionales, cámaras, periodistas, realizadores, montadores, productores… Hasta su propio hermano… O la Calaf, un símbolo, creía él.
Bromeaba diciendo que a quien había que prejubilar era a los incapaces. Proponía pagarles para que se estuviesen en casa y que “dejen de joder”.
También le insultaba la corrupción rampante. Sobre todo la de su propio partido. Se acordaba de cómo Pilar Miró fue humillada sin motivo hasta obligarla a marchar con toda su gente, mientras que muchos padres de la patria no sentían escalofríos del lodazal en que se estaba convirtiendo la vida pública.
Le vamos a echar en falta. Julio era una pieza clave del engranaje de la profesión y una voz lúcida en un universo opaco de “mileuristas” y “chicos de prácticas”. Pensaba que si nadie les conduce, no cuajarán como profesionales. “Todos hemos aprendido de alguien mayor. No creo en la ciencia infusa”, decía. "Lo que pasa es que el periodismo y la política están llenos de papanatas", opinaba.
Y aplicaba el mismo criterio a muchas profesiones más y a otras condiciones. Descanse en paz.