domingo, 6 de septiembre de 2009

Tribuna Libre

En la muerte de Julio de Benito

Por J. Frisuelos
Se nos ha ido Julio, el querido amigo, el compañero y tantas cosas más. Aún le recuerdo con su mirada de águila, a veces intimidatoria, al lado de otra buena amiga que nos dejó, Pilar Miró, cuando todo un equipo de gente honrada tuvo que dimitir por la presión incomprensible de los políticos, sobre todo los del partido que les designó para conducir a RTVE a través de una etapa de libertad y de esperanza.
Pero aquel equipo joven y alegre parecía estorbar entonces, como aún siguen molestando los aires de libertad e independencia de una profesión nacida para ser libre e independiente, o no ser. No eran bisoños, pese a la juventud. Todos acumulaban experiencia y, como me confesó Julio un día, sabían a qué se exponían. A casi ninguno le pilló de sorpresa lo sucedido.
Quizá la menos preparada para digerir el sapo que le hicieron tragar era la propia Pilar Miró, incondicional de Felipe González y que se sintió abandonada a su suerte pese al cariño que nunca perdió del que fuese presidente del gobierno. Tanto, que Felipe ha sido y es el principal mentor de Gonzalo, el hijo de nuestra querida Miró.
Sentados con un cafelito en un velador, Julio, con su proverbial optimismo reconocía un día: "¡Macho, se propusieron triturarnos, y nos trituraron! Sabían que era injusto hacer sangre con aquella historia de los vestiditos, pero a algo se tenían que agarrar para librarse de ella. Pilar tenía la honradez como bandera y que se la pusieran en entredicho era algo que no podía tolerar”. Tenía razón. Siempre hay una excusa si uno quiere buscarla. Y si no, como decía Julio, se inventa. También pensaba que a los periodistas nos enseñan a decir la verdad, aunque nos pese. A los “aparatchki”, se reía diciéndolo, les enseñan a mentir sin que les pese.
A Julio le recuerdo también en una noche lluviosa, en un Londres de los setenta, en el que nos reunimos a respirar libertad y a cenar una serie de colegas que, o residían en aquella ciudad o estábamos de paso, y nos agarramos un cabreo de órdago cuando nos estafaron en un restaurante español –con el nombre de Don Quijote en el rótulo- donde pensábamos que nos tratarían mejor por ser compatriotas. Recuerdo bien la fina ironía de Julio diciendo al dueño, que era de Reus, que así no se trataba al cliente y menos si venía de su propia tierra. “Amigo, el arroz de la paella estaba pasado, pero lo más pasado era el precio”, le soltó con una sonrisa.
Le recuerdo igualmente guiñando el ojo al amigo en las ruedas de prensa del candidato Josep Borrell, que se atrevió a ganarle unas primarias al aparato de su partido, y de cómo nos iba contando a los amigos el modo y manera en que aquel engranaje podrido minaba a diario el terreno sobre el que trataba de pisar el político socialista catalán. Hasta hicieron circular en voz baja una inventada homosexualidad de Borrell.
“¡Hay que ver cómo somos!”, se confió Julio con complicidad, a sabiendas de que no iba a traicionar su confianza, por la amargura de ver como demolían los “aparachtki” de Ferraz a aquel Borrell, estudiante aplicado de familia humilde, que se atrevió a desafiar el poder de los despachos. Como Julio pensaba, Borrell simplemente no era uno de los suyos.
Hablamos también no hace más de dos años con motivo de la muerte de Helga Soto, la alemana-española o española-alemana que hizo creer a tantos que la oficina de prensa del PSOE que ella dirigía en los albores de la transición la componían decenas de personas. Nos reímos Julio y éste comentarista sabedores que la oficina de Helga era ella y horas de trabajo abnegado. “¡Menuda era nuestra querida teutona rubia!”, me dijo con gesto triste en La Almudena.
También dejó escapar aquel día su disgusto por el hecho de que al sepelio de nuestra querida Helga no viniese nadie de la actual Ejecutiva del PSOE. “¿Te has fijado que sólo estamos los viejos amigos?”, me preguntó, mirando al buen Enrique Múgica y a la visiblemente emocionada Carmen Romero , que junto a un par de docenas más acompañábamos al hijo de nuestra añorada “teutona”. Y antes de despedirnos afloró de nuevo su sinceridad y añadió: “¡Con lo que le debían en el partido a esta mujer!”
Porque Julio de Benito era hombre del PSOE con carnet y de los que no lo ocultan. Pero también supo guardar la libertad para estar de acuerdo o discrepar de las personas y las decisiones. Su independencia y libertad figuraban entre sus valores irrenunciables. También la hombría de bien.
No voy a olvidar fácilmente tantas horas de confidencias y risas con Julio, con el común amigo y compañero de fatigas Eduardo Sotillos, o con nuestro queridísimo Julio Feo y con tantos otros, como su perdida Pilarín Trenas, mi amiga desde la Escuela. O con Karmentxu, también compañera de curso, que fue pareja de Julio antes que Pilar. Han sido muchas horas de vuelo en los mismos cacharros.
Si tuviera un agujerito por el que despedirme de Julio de Benito, el buen amigo y el excelente periodista, lo haría en el tono de cariñosa broma que siempre empleábamos y le diría algo como lo que sigue: “¡Eres un cachondo! ¡Ya te has quitado de en medio antes de que la cosa se ponga más fea! ¡Cada vez vamos quedando menos de aquellos! ¿No te parece? Dale un beso a tus Pilares. Nos vemos un día de estos, socio”.