Pozuelo no es una mera anécdota
Lo sucedido en las fiestas de Pozuelo no es una mera anécdota. Como no lo es la sucesión de hechos violentos de distinto género protagonizados por jóvenes españoles, incluso menores de edad. Quien no quiera apreciar lo que subyace tras hechos de esa naturaleza es un irresponsable o algo peor.
Cada vez parece más, moleste a quien moleste leerlo, que estos acontecimientos (asesinatos juveniles, violaciones, vandalismo, vejaciones a padres y profesores, creciente alcoholismo, etc.) se deben a un fracaso de nuestra sociedad en su conjunto y de cada uno de nosotros en particular.
Es, ni más ni menos, que la consecuencia de la tan traída y llevada pérdida de valores y referencias en una sociedad demasiado volcada al consumo y muy poco preocupada por la educación. Una sociedad que parece funcionar a partir del lema de “todo por la pasta”. Una sociedad, al fin y al cabo, que inventa leyes de educación para la ciudadanía, pero no se ocupa adecuadamente de que sus vástagos se comporten con civismo.
El Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, una de las personalidades más honestas del panorama político nacional, ha puesto el dedo en la llaga, aunque ya han salido por ahí cuatro idiotas a poner en solfa sus opiniones desde la esfera de la permisividad a ultranza.
No necesitan nuestras nuevas generaciones más permisividad (no confundirla con la tolerancia, porque aquella no es más que la deformación de ésta). Lo que necesitan es un código de valores y una mejor educación. Así de simple. Y también una esperanza de una vida mejor que la que representan el mileurismo o la precariedad.
Múgica ha atribuido a la falta de autoridad de padres y profesores el origen de algunos comportamientos conflictivos de nuestros adolescentes, y ha estimado que cuando se permite el tuteo a los maestros, se está abriendo camino a "la falta de respeto". Son muchos quienes lo piensan así.
Múgica, un auténtico luchador por la libertad desde su juventud, ha reconocido que "hay que mantener la autoridad” y ha opinado que la sociedad democrática actual tiene pendiente "aprender" la diferencia entre "libertinaje y libertad". Por eso él aboga por un gran diálogo "nacional" de todos los sectores implicados en la educación, incluido el Parlamento, "para ver a dónde vamos a llegar".
El Defensor del Pueblo ha recordado que cuando él era niño, los padres aceptaban las reprimendas y castigos que los profesores imponían a sus hijos por mal comportamiento, pero ahora, ha recordado, "hay muchos padres" para quienes "parece que el profesor es culpable de lo que hace el alumno y, a partir de esa actitud, todo es posible".
En España mucho más que en otros países de nuestro entorno se ha producido en un espacio relativamente corto de tiempo una caída en picado del modelo educativo, y no hablamos únicamente del campo de la enseñanza. La responsabilidad de la educación de nuestros jóvenes comienza en casa, sigue en la escuela y por encima de todo debe velar por ella el Estado a través de sus gestores, que no son otros que las administraciones, de mayor a menor.
Si apuramos, en casa o en la familia, se ponen las bases de la educación de nuestros jóvenes, y en los diferentes escalones educativos se imparten enseñanzas que completan y complementan lo que comenzó en el hogar.
Las administraciones, todas y sin excepción, tienen que velar por la calidad de esa enseñanza, para que no se produzcan fenómenos de familias desestructuradas y por el cumplimiento íntegro de las leyes, que son el marco de convivencia del que nadie, cualquiera que sea su edad, debería quedar exento.
En Inglaterra -una nación democrática sin ambigüedades-, subsisten escuelas que preservan el rigor educativo de la época victoriana, con uniformes, rígidos horarios y sobre todo enseñanza de urbanidad, y esos centros producen oleadas de honrados ciudadanos. Pero en aquellas zonas donde se ha olvidado esa seriedad en la escuela, surge el fenómeno violento que conocemos como “hooliganismo”. ¿Qué es sino "hooliganismo" lo de Pozuelo y otros sitios de nuestra geografía? ¿O pensamos que sólos son vándalos los hinchas del fútbol?
Como ha escrito algún comentarista estos días, el fenómeno del "botellón", que no es una mera cuestión de ingesta de bebidas alcohólicas, supone ya, por su extensión, la constatación de que un porcentaje de la juventud española precisa beber más de la cuenta -y como si fuese un aquelarre- para sentirse alguien, lo que, puestos a hablar de problemas de identidad, no es una cuestión menor.
Además, con cierta frecuencia, para demostrar que ya se sienten alguien esos jóvenes parecen necesitar la exhibición de ciertas dosis de matonismo o violencia con el vecindario, los transeúntes, el mobiliario urbano o las fuerzas de seguridad. Se trata de algo más que un simple problema de malos modales y pone en evidencia la incapacidad de muchos padres y madres para asumir la responsabilidad de educar a sus hijos. Pero también del Estado para corregir los desmanes, bien a través de los enseñantes o de sus políticos.
Se ha desarmado intencionadamente a la sociedad imponiendo normas para padres, educadores y hasta policías que castigan a quienes deben aplicar las normas más que a quienes se apartan de ellas. Es así de paradójico.
Una sociedad demasiado interesada en amasar fortunas –incluso por medios ilícitos o corruptos- y demasiado poco en atender a sus hijos, en darles el cariño que precisan, en ofrecerles una buena educación y mostrarles un camino en la vida, no produce otra cosa que vándalos, Carcaños o violadores de pocos años, al amparo de que carecen de edad penal para pagar por sus actos. Los resultados los leémos en los periódicos con demasiada frecuencia.
Los más irresponsables sostienen que la juventud siempre ha sido difícil y con el tiempo mejora. Quienes tal dicen pretenden ignorar que hechos como los de ahora no se han vivido nunca con esta intensidad y dramatismo.
Lo que más espanta de este fenómeno es que hay demasiados padres, educadores y políticos que no quieren ver las raíces de estas actitudes y corregirlas, incluso desde su vertiente elemental de orden público y respeto a las normas. La mano dura se hace cada vez más necesaria.
Los alcaldes de las más de ocho mil localidades españoles tienen mucho que hacer en esa materia, sobre todo a la hora de celebrar fiestas patronales en las que el protagonismo recae en el alcohol. ¿Alguien ha pensado cómo estará al cabo de unos años la salud de estos mocitos y mocitas que ahora se atracan de bebidas alcohólicas y estupefacientes?
Al alcalde de Pozuelo, que es hoy paradigma de otros muchos regidores, no se le ha ocurrido otra lindeza que sostener que los alborotadores -¿por qué no los llamamos ya delincuentes aunque sean de familia bien?- no eran de su pueblo. Parece que ese edil, sea del partido que sea, se consuela con que entre los detenidos haya más foráneos que vecinos. ¡Así nos va el pelo!
Tampoco es únicamente, contra lo que piensan políticos como la Delegada del Gobierno en Madrid, un problema de falta de alternativas de ocio y cultura lo que produce fenómenos como el de Pozuelo, que puede repetirse si se cumplen las amenazas de algunos mozalbetes. Esa es, que nadie lo dude, una forma de meter la cabeza debajo del ala, en el mejor estilo del avestruz.
Lo que falta –que se enteren bien cuantos tienen responsabilidades de orden público en España- es tomarse con seriedad la exigencia de excelencia en el sistema educativo y en el cumplimiento de la ley. También es preciso recordar que en la violencia callejera proetarra –la conocida Kale borroka- se impuso con sentido común que los padres sean responsables de sufragar el arreglo de los destrozos de sus hijos. Esa misma regla debería aplicarse en muchos otros sitios, comenzando por Pozuelo.
Y cuando a los padres les cuesten dinero las “gracias” de sus niños, seguro que se preocupan más de dónde están, qué hacen y cuánto beben.