Remar más fuerte
Por Primo González
Visto lo visto en los últimos meses en relación con la actitud del presidente Zapatero ante esta crisis, habrá que reconocer que el presidente español no es una persona que se deje aconsejar fácilmente. Al menos, no entran en su círculo de consejeros con predicamento aquellos que vierten opiniones que no son del gusto del presidente. Zapatero quiere dejarse aconsejar por quienes le dicen lo que le suena bien a los oídos. Y así es difícil gobernar un país con justeza. Mucho menos, salir de una crisis económica, que a estas alturas ya ha acumulado evidencias suficientes como para permitir una cierta atribución de responsabilidades, cuyo reparto se distribuiría, con proporciones variables según los gustos, entre la crisis internacional, el denostado "modelo económico" español y la torpeza de las autoridades a la hora de instrumentar las medidas de saneamiento adoptadas durante el último año y medio. Vistas con cierta retrospectiva, lo mejor que se puede decir de la serie de medidas adoptadas es que han contribuido a agravar la profundidad de una crisis que ya de por sí se presentaba altamente dificultosa.
Las valoraciones de lo que sucede con la economía española y en particular con la política que aplica o piensa aplicar en el inmediato futuro el Gobierno han proliferado en los últimos días. No son críticas esgrimidas con aviesas intenciones por los adversarios políticos de Zapatero, que querrían llevar el agua a su propio molino. Ni de analistas domésticos, ya que no escasean los resentidos por no haber sido consultados en ningún momento de la actual fase de crisis económica. Se trata por lo general de autoridades extranjeras, que no profesan más credo que el de la autoridad intelectual que le confieren sus responsabilidades públicas y el deseo quizás altruista de ver a España encaminarse por la senda del progreso y el crecimiento.
Un resumen apresurado pone de relieve el suspenso general que le anotan varias voces internacionales al Gobierno Zapatero, tanto por lo que ha hecho recientemente como por lo que anuncia que va a hacer a partir de ahora. No se sabe bien si espanta más lo hecho que lo anunciado, aunque esto último posiblemente causa más pavor y hasta una secreta complacencia por ver como fracasan fórmulas que nadie en el mundo occidental ha ensayado para conjurar esta crisis. Se nos empieza a ver en algunos medios internacionales como inventores de una patente para supera la crisis que ningún otro Gobierno ha intentado, a pesar de que nuestro destino parece orientado a situarnos en la cola de los países que van a salir de la crisis más tarde y como más heridas. Hay, en suma, un clamor ya bastante extendido que mira a España con el mismo grado de preocupación con el que hasta hace dos años empleaba para valorar nuestros indiscutibles éxitos como economía modélica.
La autoridad de los autores de las críticas no es menor. Sin ir más lejos, en las últimas horas hemos escuchado las vertidas por el secretario general de la OCDE, el mexicano José Angel Gurría, y por el prestigioso semanario económico británico The Economist. Ninguna de las dos tiene desperdicio. Ambas se ceban en la crítica más dura y amarga frente a los que consideran disparates del Gobierno Zapatero. Especial zozobra está levantando en todo el mundo civilizado el anuncio de aumento de los impuestos. ¡Un país en recesión y cuesta abajo que sube los impuestos para salir de la crisis! Gurría ha mostrado ayer mismo su asombro. Para el prestigioso economista mexicano, jefe de la OCDE (la organización económica que agrupa a la treintena de países más desarrollados del mundo, incluida naturalmente España), "ningún país puede salir de la crisis subiendo sólo los impuestos". Gurría emplea una expresión que por estos lares domésticos hemos escuchado poco, prácticamente nada: "España necesita remar un poco más fuerte". Zapatero promete subsidios y subvenciones por doquier, pero ha planteado pocas por no decir ninguna política orientada a crear empleo y hacer lo posible para poner a trabajar a los más de cuatro millones de parados.
Los ingleses, por su parte, que no son un dechado de virtudes cuando se trata de establecer juicios ponderados sobre lo español, menos aún sobre nuestras virtudes económicas como país, tampoco se ahorran críticas. El semanario The Economist ya nos vaticinó males mayores en la prematura fecha de noviembre del pasado año cuando tituló un comentado informe de unas 20 páginas dedicado a España con aquello de que "la fiesta ha terminado". Los comentaristas de esta publicación han vuelto a la carga en varias ocasiones desde entonces, con críticas cada vez más severas. La última, esta misma semana, en la que acusan a Zapatero nada menos que de "almacenar problemas para el futuro" con su nueva política fiscal, que supone un giro de 180 grados respecto a lo que se ha hecho en la España de los últimos años.
No resulta fácil entender cómo ante veredictos tan extendidos, de los que estos dos no son más que una muestra pero que posiblemente tendrán repetición en próximas fechas, el Gobierno no es capaz de recapacitar y orientar sus pasos por la misma senda que ya han ensayado los países que están saliendo de la recesión.