El Gobierno más débil
Por Germán Yanke
Tras el debate del miércoles se pueden hacer cábalas sobre los cambalaches que pueden seguir: la actitu
d del PNV en la negociación de los Presupuestos, las contrapartidas al BNG y a Coalición Canaria, el catálogo de sugerencias de los partidos de la izquierda para analizar si el Gobierno tiene margen de maniobra para conseguir sus votos, etc. Incluso desde esta perspectiva, como desde la mera observación de cómo están las cosas, el panorama es desolador. O más desolador si cabe. ¿Puede ser verdad que el PSOE trate de negociar con el PNV el apoyo a las cuentas públicas a cambio de mantenerse en la Diputación de Álava. Cuesta admitir, sea cual sea el resultado final de la reivindicación de los populares alaveses, que Rodríguez Zapatero se entrometa para salvar lo insalvable en las decisiones que, en última instancia, corresponden a Patxi López. Lo mismo cabe decir si el PNV pretende que el Gobierno vasco reparta con sus diputaciones forales el margen de endeudamiento que ahora tiene el Ejecutivo autonómico y que no tienen ellas por ser corporaciones locales. ¿Aumentarán estas diputaciones también los impuestos o se trata de convertir, mediante ayudas, las competencias fiscales en privilegios?
Los grupos minoritarios, que pueden alegrar la vida de algunos de sus dirigentes o asimilados con algunas de sus reivindicaciones, terminan dando, desde el punto de vista de la actividad de un Parlamento serio, una imagen lamentable, como si los intereses generales no contaran para nada comparados con alguna bicoca particular. Y el Gobierno se deja llevar por esa senda ya que su único objetivo es sobrevivir huyendo una y otra vez hacia adelante.
El presidente, como se vio en el debate y en cuantas comparecencias habla de la crisis económica, trata de plantear una disyuntiva entre lo que hace y lo que se le reclama. Lo suyo es, repite, una política socialdemócrata, como si la discusión, a estas alturas, fuera ideológica. Pero es evidente que nadie entre sus más duros críticos le está pidiendo, como quiere hacer ver, que restrinja la protección social o dé la espalda a los más desfavorecidos. Incluso las medidas que propone, a pesar de ser improvisadas a menudo y descoordinadas siempre, son apoyadas. En el otro lado de ese pretendido espectro ideológico coloca, como la antítesis de una política socialdemócrata, la contención del gasto público, en la que insistieron tanto el pasado miércoles el PP y CiU. Sin embargo, el propio presidente no renuncia -en la teoría- a plantearse esa política y promete, con cierto descaro, que el déficit disminuirá el año próximo. Así que no estamos ante una batalla ideológica y podríamos estar en una discusión sobre el diagnóstico, como dice el catalanista Duran i Lleida, sólo si se desoyen los análisis de los expertos y de los organismos internacionales. Qué decir del ya largo catálogo de recomendaciones.
Ni ideología ni diagnóstico. Por encima de una y otro, el Gobierno ha elegido sobrevivir a costa de la seriedad. Es que es un Gobierno débil y necesita esos pactos, se oye decir. Más bien renuncia a los pactos que debería acordar y a las medidas que debería tomar y así, aunque sobreviva, se ha convertido en el Gobierno más débil desde la Transición.
Tras el debate del miércoles se pueden hacer cábalas sobre los cambalaches que pueden seguir: la actitu
d del PNV en la negociación de los Presupuestos, las contrapartidas al BNG y a Coalición Canaria, el catálogo de sugerencias de los partidos de la izquierda para analizar si el Gobierno tiene margen de maniobra para conseguir sus votos, etc. Incluso desde esta perspectiva, como desde la mera observación de cómo están las cosas, el panorama es desolador. O más desolador si cabe. ¿Puede ser verdad que el PSOE trate de negociar con el PNV el apoyo a las cuentas públicas a cambio de mantenerse en la Diputación de Álava. Cuesta admitir, sea cual sea el resultado final de la reivindicación de los populares alaveses, que Rodríguez Zapatero se entrometa para salvar lo insalvable en las decisiones que, en última instancia, corresponden a Patxi López. Lo mismo cabe decir si el PNV pretende que el Gobierno vasco reparta con sus diputaciones forales el margen de endeudamiento que ahora tiene el Ejecutivo autonómico y que no tienen ellas por ser corporaciones locales. ¿Aumentarán estas diputaciones también los impuestos o se trata de convertir, mediante ayudas, las competencias fiscales en privilegios?Los grupos minoritarios, que pueden alegrar la vida de algunos de sus dirigentes o asimilados con algunas de sus reivindicaciones, terminan dando, desde el punto de vista de la actividad de un Parlamento serio, una imagen lamentable, como si los intereses generales no contaran para nada comparados con alguna bicoca particular. Y el Gobierno se deja llevar por esa senda ya que su único objetivo es sobrevivir huyendo una y otra vez hacia adelante.
El presidente, como se vio en el debate y en cuantas comparecencias habla de la crisis económica, trata de plantear una disyuntiva entre lo que hace y lo que se le reclama. Lo suyo es, repite, una política socialdemócrata, como si la discusión, a estas alturas, fuera ideológica. Pero es evidente que nadie entre sus más duros críticos le está pidiendo, como quiere hacer ver, que restrinja la protección social o dé la espalda a los más desfavorecidos. Incluso las medidas que propone, a pesar de ser improvisadas a menudo y descoordinadas siempre, son apoyadas. En el otro lado de ese pretendido espectro ideológico coloca, como la antítesis de una política socialdemócrata, la contención del gasto público, en la que insistieron tanto el pasado miércoles el PP y CiU. Sin embargo, el propio presidente no renuncia -en la teoría- a plantearse esa política y promete, con cierto descaro, que el déficit disminuirá el año próximo. Así que no estamos ante una batalla ideológica y podríamos estar en una discusión sobre el diagnóstico, como dice el catalanista Duran i Lleida, sólo si se desoyen los análisis de los expertos y de los organismos internacionales. Qué decir del ya largo catálogo de recomendaciones.
Ni ideología ni diagnóstico. Por encima de una y otro, el Gobierno ha elegido sobrevivir a costa de la seriedad. Es que es un Gobierno débil y necesita esos pactos, se oye decir. Más bien renuncia a los pactos que debería acordar y a las medidas que debería tomar y así, aunque sobreviva, se ha convertido en el Gobierno más débil desde la Transición.
(Leído en La Estrella Digital de 10-09-2009)