martes, 14 de abril de 2009

Editorial

VIVA LA REPÚBLICA Y VIVA LA MONARQUÍA

La Segunda República se proclamó el 14 de abril de 1931, tal día como hoy de hace 78 años, cuando el rey Don Alfonso XIII salió del país a la vista de los adversos resultados obtenidos por las candidaturas monárquicas en las principales capitales de provincia, en las elecciones municipales celebradas dos días antes.
Fue un acto de patriotismo del monarca, para evitar un baño de sangre que al final nadie evitaría. Alfonso XIII había constatado la falta de apoyo popular tanto de los estamentos políticos y sociales como de las fuerzas armadas o de orden público. Nada más proclamarse la República y mientras se elaboraba la nueva Constitución, se constituyó un gobierno provisional presidido primero por Niceto Alcalá-Zamora.
El 14 de abril de 1931, desde el balcón del entonces Ministerio de la Gobernación, en la Puerta del Sol y ante la multitud enfervorizada que proclamaba la II República Española, Indalecio Prieto pronunció estas proféticas palabras: "Si vuelven sus enemigos, esta alegría de hoy se convertirá en lágrimas".
Desgraciadamente, los enemigos de la República volvieron, y el 14 de abril se frustró, no nos engañemos. No sólo por el alzamiento militar contra la República -que provocó una sangrienta guerra civil y una cruenta represión durante y después de finalizada la misma-, sino por la intransigencia de las extremas derecha e izquierda. La intransigencia ha sido una constante en nuestra historia.
También se frustró por el enfrentamiento entre partidos y sindicatos republicanos (cuyas fuerzas incontroladas fomentaron la anarquía y el separatismo durante el período republicano y en la retaguardia durante la guerra civil), por la soledad en la que dejaron a la República durante la guerra civil las democracias occidentales con el vergonzante Pacto de No Intervención liderado por Gran Bretaña, y por la división interna del Partido Socialista, que, como ha escrito la historiadora británica Helen Graham, era la columna vertebral del Estado Republicano.
Cuando Manuel Azaña fue elegido presidente de la República, el 10 de mayo de 1936, en el Palacio de Cristal del madrileño Parque del Retiro, le ofreció a Prieto que formara Gobierno, a lo que se opuso el Grupo Parlamentario Socialista, controlado por Largo Caballero, por 49 votos en contra y 19 a favor.
Prieto había llamado a Gil Robles para que la CEDA apoyara su candidatura a la presidencia del Ejecutivo. Éste le contestó que contara con su apoyo desde fuera del Gobierno para salvar a la República. A partir de ese momento no fue posible la paz, como han coincidido muchos estudiosos.
Juan Negrín, que más tarde sería presidente del Gobierno y que asistió a esas reuniones del Grupo Parlamentario Socialista, ante la negativa de que Prieto formara Gobierno, diría: "Este error tendrá consecuencias irreparables". Y las tuvo. En aquellos momentos se perdió una gran oportunidad de evitar la guerra civil y salvar a la República.
Acertó también Indalecio Prieto cuando dijo: "Todos decían amar a la República y todos se concitaron para destruirla".
Este año, la conmemoración de la proclamación de la II República coincide con el 70 aniversario del final de la guerra civil. El general Francisco Franco se equivocó cuando afirmó en su parte militar del 1 de abril de 1939, que "la guerra había terminado". No tuvo en cuenta lo que muchos años más tarde comentaría el General De Gaulle ante las ruinas del Alcázar de Toledo: "Lo malo de una guerra civil es que la paz no empieza cuando termina la guerra".
Como dijo don Manuel Azaña el 24 de agosto de 1939: "Ahora no saben qué hacer con su victoria, y todo lo que se les alcanza es proseguir, en cierta manera, la guerra. Dentro de la enormidad de su fechoría pudieron haber realizado una acción sensata si, al terminarse las operaciones militares hubieran abierto una era de olvido desocupando las cárceles y licenciando a sus verdugos. La impresión de alivio junto con la alegría general por ver acabada la guerra hubiera dado así al nuevo régimen la atmósfera respirable que necesitaba. Pero unos hombre capaces de concebir una política de ese porte y de llevarla a término, no hubieran sido capaces de provocar la guerra que han hecho. Por otra parte, suprimido el terror de todos los ámbitos de la Península habría surgido una pregunta sin respuesta posible: ¿Para qué ha servido todo esto. Están pues amarrados a su propia obra, y condenados a la siniestra imbecilidad de un jerifalte. Que no podrán ceder nunca en nada, porque la menor concesión, no solamente los destruye, sino que los condena y se delatan".
La verdadera paz, le pese a quien le pese, no empezó hasta que no se ratificó la vigente Constitución por el pueblo español en el referéndum de 6 de diciembre de 1978, que se ha consolidado a los 70 años de finalizada la guerra, cuando se ha logrado por las nuevas generaciones la reconciliación sin olvido. Reavivar la memoria no parece la mejor idea.
A esa reconciliación ha contribuido, que no lo dude nadie, la Monarquía de D. Juan Carlos I. Sin una figura histórica como la suya, nada sería igual. El Rey, nieto de Alfonso XIII, aprendió de su padre, D. Juan de Borbón y Battemberg –todo un soberano exiliado- los errores que no debía cometer para evitar nuevos enfrentamientos entre hermanos.
Tuvo la ayuda de una generación de políticos sin par. Son los hombres de la Transición, desde Suárez a González, desde Carrillo hasta Fraga, desde Pujol a Ajuriaguerra. Y muchos nombres más. Su herencia no ha sido debidamente recogida y su mérito parece querer ser ignorado. Grave error.
Por España, aquellos hombres, bajo la tutela del Rey, supieron unirse de algún modo en lo poco o mucho que compartían. Nacieron así el espíritu de consenso, la Constitución y una serie de pasos que hicieron a España ejemplar.
Hoy, mal que nos pese, ese espíritu parece condenado al olvido. La pugna por el poder agrava en ciertos casos nuestros problemas; el sectarismo y el clientelismo se da por todos lados, y aunque muchos se llenan la boca con la palabra patriotismo, es eso, precisamente, lo que falta por doquier.
El terrorismo sigue siendo nuestro azote, la corrupción rampante no es, precisamente, una ayuda para la salud de la democracia y las autonomías han derivado de ser un elemento capaz de vertebrar un Estado fuerte, a unos pequeños reinos de Taifas en pugna por pequeñeces.
Ni siquiera ante una situación de emergencia nacional, como es la actual recesión, son capaces de unirse nuestros políticos para buscar soluciones todos juntos y dar ejemplo a la ciudadanía. Mal asunto. Así no iremos muy lejos. O como mínimo tardaremos más en salir del bache.
Aunque hoy habrá por doquier actos en memoria de aquella República frustrada, la presente desunión es mal modo de conmemorarla. Demuestra sin ambigüedad, que no hemos aprendido la lección.
De todos modos, en este 14 de abril, ¡Viva la República y viva la Monarquía Constitucional!