lunes, 13 de abril de 2009

Editorial

LA PROSPERIDAD

La prosperidad de un pueblo, sea Escalona o cualquier otro, se mide de muchas maneras. Al menos lo que podemos denominar prosperidad colectiva. La individual no siempre coincide con la anterior. Y siendo muy respetable la prosperidad individual, lo cierto es que lo deseable y encomiable es que las autoridades trabajen en pro de la de carácter colectivo.
Los pueblos, como las ciudades, se consideran más prósperos cuando el nivel de vida de la mayoría de sus habitantes está por encima de la media nacional, siquiera ligeramente. Y también cuando los servicios que recibe la colectividad son eficientes y suficientes para que nadie eche de menos residir en otra parte.
Ese es el secreto de que en el pasado centenares de habitantes del medio rural se marchasen a las ciudades, en un fenómeno de despoblamiento y empobrecimiento de nuestros campos que todavía lamentamos.
No parece muy claro que hoy por hoy, Escalona cuente con esa eficiencia y suficiencia de servicios de la que hablábamos. Desde luego, no todos los servicios son eficientes y sobre todo resultan insuficientes a la vista de las quejas de los ciudadanos. Y el nivel de vida, en estos tiempos de recesión, cotiza a la baja.
Que nadie vea en este ejercicio de la crítica, otra cosa que el deseo de contribuir a la reflexión para que entre todos mejore la cosa. El poder no debe encastillarse ante la crítica, sino atenderla y reflexionarla. Ese es mérito mayor del buen gobernante: saber procesar y digerir lo que se le dice. Por supuesto descartando lo que no sea atinado.
Vamos por capítulos. Lo primero que se precisa es atajar el sufrimiento de los que menos tienen entre nosotros. Sean altos o bajitos, guapos o feos, o voten al partido que voten. Es ahí donde se precisa más y mejor y cualquier iniciativa debería ser bien recibida por todos. En especial en materia de empleo, que es lo que se pierde con mayor rapidez en este momento.
Suponemos que hasta aquí todos de acuerdo.
También hay un clamor de una parte de los escaloneros, que nadie parece querer escuchar. Se quejan de que los responsables parecen mirar más a los que pasan por la carretera que a quienes residen más o menos permanentemente en la propia localidad. Seguramente esa queja es exagerada, pero algo tendrá de cierta a tenor del número de veces que la repiten gentes de toda condición, en especial las de más edad.
Una de las lamentaciones más escuchadas se refiere a que sólo hay dos entidades financieras, léase dos cajas, y ningún banco. Y comenta la gente que Almorox, ese pueblo eterno rival de Escalona (algo que parece trasnochado hoy en día), cuenta con mayor oferta en ese sentido. ¡Qué decir de Torrijos, cuya pujanza y prosperidad es incuestionable!
En todo caso, es posible que la ausencia de esos bancos responda a alguna causa que alguien debería estudiar. Queda ahí la idea.
Otros se quejan de la carestía de precios en el comercio local, cada vez más exiguo, pero no parece ese asunto que competa directamente a las autoridades municipales. Parece más bien una cuestión de los propios comerciantes, algunos de los cuales se aferran a sus precios disparatados y luego se quejan de que no se compra todo en el pueblo.
Es probable que esos mismos comerciantes debieran hacerse cuenta de que Escalona, para bien o para mal, está muy cerca de sitios donde la oferta de centros comerciales es enorme y los precios no tienen rival con los de la Villa (Madrid, Talavera, Torrijos, Toledo…). Seguramente les convendría aplicarse el cuento. O acaso rivalizar en calidad, con productos autóctonos y muy cuidados.
Los precios altos no hablan de prosperidad colectiva. Más bien sólo de la personal. Y no corren tiempos para andar con bromas en eso.
No faltan quienes se quejen de los servicios de salud de Escalona, tanto en la amabilidad de trato, como en la atención profesional, sobre todo a los mayores. Y es ese un terreno resbaladizo, porque sin ser profesional de la sanidad, es difícil juzgar los protocolos o pautas de comportamiento de los individuos o del colectivo. Pero como la queja existe, quizás fuese bueno que alguien se ocupase de enterarse mejor.
Ciertas personas señalan deficiencias en los servicios de limpieza. Y es verdad que algunos días da pena ver las calles regadas de cajetillas de tabaco, papeles, botellas, botes y hasta frutas aplastadas. El machacante buzoneo de propaganda –aliado con el viento- es uno de los grandes elementos de suciedad. Pero también es cierto que deberíamos ser los ciudadanos los primeros en cuidar lo que arrojamos al suelo.
Vienen luego los que se quejan del urbanismo. Léase el estado del asfaltado, alumbrado y alcantarillado. Y dicen que mientras se construyen miradores en la carretera, hay vías públicas en estado lamentable. Y lo cierto es que existen. Acaso una explicación ayudase a la gente a entender mejor por qué se demoran esos arreglos y se opta por los otros.
Pero dónde hay un clamor más que un lamento entre las gentes de la Villa es en materia de seguridad ciudadana y orden público. Dicen bastantes de nuestros vecinos que falta policía o que la que hay no hace suficiente.
Una vez más, será preciso conceder el beneficio de la duda a la actuación de los agentes, porque a muchos nos consta su abnegación. Pero también hay que reconocer que en nuestras calles se comercia con drogas, algunos circulan a velocidad peligrosa para los demás y que los ruidos a deshoras perturban la paz y el descanso de la mayoría, sin que se ponga coto.
Se impone una reflexión en serio. La diversión de los unos no puede suponer la molestia para los otros. La tolerancia, que es una virtud, no tiene porque traer aparejada la indiferencia, que es un vicio.
Y si alguien lo olvida, ahí deben estar los agentes del orden, con todo su empeño, para imponer eso mismo, el orden. Porque lo que hay que tener claro es que la diversión cada vez degenera más hacia lo que llamamos gamberreo, más propio de ciudades grandes que de recoletos lugares, como el nuestro.
En las urbanizaciones, que ya son parte de Escalona -les guste o no les guste a muchos-, van más allá y echan de menos más vigilancia. Dicen que hay días concretos en que sufren robos. Y lo peor es que acaso tengan razón. Pero si les cobramos impuestos, tenemos que darles el mismo nivel de servicios.
En consecuencia, cabe preguntarse si no sería cuestión de ampliar la nómina de agentes, sus cometidos, su equipamiento y hasta su nivel de compromiso. Lo que no se puede es seguir mirando a otro lado y repetir que con lo que tenemos no se puede hacer más.
Más que nada, porque es ese espíritu -el de la impunidad-, el que alienta a los que se salen de lo que consideramos comportamiento cívico para seguir haciéndolo. Por ejemplo, en la Cuesta, hemos visto romper farolas y señales, hacer hogueras junto a los pinos, destruir los rosales cuando los había, sembrar de basura y hasta ofender a las personas, sin que nadie haga nada. Pero lo que es peor, hemos visto a algunos jóvenes vender y consumir sustancias estupefacientes sin ocultarse.
Hay, y esa si es responsabilidad de los munícipes, demasiados incumplimientos a diario de demasiadas leyes, como las del ruido, la circulación y hasta la vídeo vigilancia en lugares públicos. Fíjense bien que decimos a diario y no sólo ocasionalmente.
Por supuesto, lo que subyace debajo de ello es un problema más hondo: el de la educación, la verdadera educación para la ciudadanía. Porque esos comportamientos se basan en el fracaso de las instituciones educativas, comenzando por la familia y continuando por el instituto y el propio municipio, a través de sus cuerpos de orden público.

Y esa si es una responsabilidad que debería preocupar más a las autoridades, puesto que compromete seriamente el concepto de prosperidad y bienestar de la comunidad.